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Установите соответствие между темами A–Н и текстами 1–7. Занесите свои ответы в таблицу. Используйте каждую букву только один раз. В задании одна тема  лишняя.

A.

Televisión

E.

Concurso

B.

Ecología

F.

Economía

C.

Arqueología

G.

Astronomía

D.

Salud

H.

Turismo

1.

El eclipse solar más largo del siglo XXI fue visible a través de un pasillo de unos 250 kilómetros, mientras se desplazaba a través de la mitad del globo y sobre los dos países más poblados del mundo, India y China. Pero quienes vieron el eclipse en la parte central de China fueron más afortunados que quienes lo hicieron en las ciudades costeras cerca de Shanghái, donde las nubes y la lluvia bloquearon en algunas partes la visión del Sol.

 

2.

Antena 3 va a realizar una película para televisión sobre Doña Sofía, que se emitirá en 2010, será producida por Sagrera TV y cuyo título provisional será "Sofía". El primer capítulo se centrará en el momento en que conoce al Príncipe Juan Carlos hasta el momento de su enlace mientras que en el segundo, el guión recogerá desde la doble boda real en Atenas (por el rito ortodoxo y católico) en 1962, hasta la coronación como Reyes de España.

 

3.

Las japonesas son las mujeres más longevas del mundo, con una esperanza media de vida de 86 años, de acuerdo con un informe del Ministerio de Salud. La longevidad de las japonesas se debe principalmente a la mejora de los tratamientos y cuidados médicos, algo que ha permitido reducir las muertes asociadas a enfermedades cardiacas consideradas como principal causa de muerte en Japón.

 

4.

Arqueólogos de Egipto descubrieron a 60 km de El Cairo la que describieron como la momia “más hermosa” de todas las encontradas en el país de los faraones. Esta joya de la antigüedad fue localizada en la zona monumental y su deslumbrante belleza se debe a los colores turquesa, dorado y rojo empleados para pintar su envoltura de lino, endurecida con yeso y otros materiales.

5.

Los peces de aguas europeas perdieron la mitad de su masa corporal por efecto del cambio climático, según un estudio publicado en Estados Unidos. Los investigadores de un instituto especializado en los recursos naturales estudiaron las poblaciones de peces en los ríos europeos, en el Mar del Norte y en el Mar Báltico. Ya  se sabe que las aguas más cálidas son generalmente habitadas por especies más pequeñas, el calentamiento de las aguas tiene consecuencias en los flujos migratorios y en los hábitos de reproducción de los peces.

 

6.

Han sido diversos los itinerarios marcados para seguir la ruta de Don Quijote, una ruta que sirva para conocer los paisajes en los que se desarrolla la vida del hidalgo de La Mancha, el arte de sus pueblos, la gastronomía. Don Quijote, en algún momento, dejó estas tierras para avanzar hacia el noreste llegando hasta la ciudad de Barcelona, en la que terminaría su carrera de caballero andante. Es un trayecto por campos de las provincias de Ciudad Real, Toledo y Cuenca, en los que el viajero encontrará los ecos del caballero de la Triste Figura.

 

7.

La llegada de un nuevo milenio invita a hacer recopilaciones sobre muy diversos asuntos relacionados con el mundo de la ciencia y de la cultura. El Centro Virtual Cervantes propone una serie de concursos para establecer los aspectos más significativos de la cultura hispánica. Por ejemplo, deseamos conocer cuáles han sido las obras literarias más significativas, las pinturas más importantes, los monumentos más relevantes o los escritores más admirados.

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Прочитайте текст и заполните пропуски 1–6 частями предложений, обозначенными буквами A–GОдна из частей в списке А–G  –  лишняя. Занесите букву, обозначающую соответствующую часть предложения, в таблицу.

Museo Reina Sofía

El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, conocido como Museo Reina Sofia, constituye uno de los museos de Madrid más importantes1 _______________________ en el Triángulo del Arte, junto con El Prado y el Thyssen. El museo, que hace honor a la Reina Sofía de España, dedica su colección al arte contemporáneo español.

El Museo Reina Sofia, es una extensión de las colecciones del Museo del Prado, ya que amplía las obras que contiene este último museo. El que el Museo Reina Sofía 2 _______________________ en los viajes realizados a la ciudad de Madrid, se debe sobre todo a que dispone de una colección extensa de obras de pintores como Dalí y Picasso. 

El Museo Reina Sofía también 3 _______________________ de más de 100.000 libros, especializada en arte y de acceso libre.

El Museo Reina Sofía, fue inaugurado el 10 de septiembre de 1992, 4 _______________________ de San Carlos, construido a finales del siglo XVIII. Se encuentra cerca de las estaciones de tren y de metro de Atocha, lo que facilita el acceso de los viajeros al museo. Además en las proximidades se encuentran el del Prado y el Thyssen, 5 _______________________ de la ciudad de Madrid.

La afluencia masiva de visitantes y la ampliación del número de obras del museo 6 _______________________ a cabo en 2001 por parte del arquitecto Jean Nouvel y que supuso un aumento considerable de las dimensiones del antiguo hospital que pasó de 51.297 m

²
a 84. 048 m
²

A. 

dispone de una biblioteca con un fondo

B. 

siendo uno de los que se encuentran

C. 

siendo los tres museos más emblemáticos

D. 

utilizando el antiguo edificio del Hospital

E.

fueron convirtiéndose muy populares

F.

condujo a la remodelación llevada

G.

constituya uno de los más solicitados

1

2

3

4

5

6

 

 

 

 

 

 

Прочитайте текст и заполните пропуски 1–6 частями предложений, обозначенными буквами AGОдна из частей в списке А–G – лишняя. Занесите букву, обозначающую соответствующую часть предложения, в таблицу.

EL LINCE IBÉRICO

Voluntarios Ambientales inician en el espacio natural de Doñana un programa de educación ambiental para la conservación del lince Ibérico,1 _______________________, en colaboración con la Sociedad Española para la Conservación y Estudio de los Mamíferos y Ecologistas en Acción Andalucía.

Esta iniciativa se desarrolla en el marco del Proyecto Life Lince de la Unión Europea, 2 _______________________ la creación de una nueva población de linces y aumentar la variabilidad genética de las poblaciones actuales, contribuyendo así al mantenimiento y estabilización de las poblaciones existentes.

Los voluntarios 3 _______________________ de educación ambiental realizarán tareas relacionadas con el seguimiento y monitorización del conejo de monte, presa principal del lince ibérico. Junto con estas actuaciones se llevarán a cabo otras de apoyo, 4 _______________________, vigilancia, estudio de comportamiento, y con la cría en cautividad, tanto del lince ibérico como del conejo. Los participantes realizarán también encuestas a diferentes grupos sociales del entorno de Doñana, 5 _______________________ que la población tiene acerca de la conservación de este felino. Los LIFE Naturaleza tienen la finalidad de contribuir a la conservación de la naturaleza, 6 _______________________ así como las especies animales y vegetales de los espacios en Sierra Morena -en los límites de las provincias de Córdoba y Jaén- y en la comarca de Doñana.

A. 

relacionadas con la divulgación

B. 

que no tiene parangón en el mundo

C. 

organizado por la Consejería de Medio Ambiente

D. 

con el fin de conocer las opiniones y sugerencias

E.

cuyo principal objetivo es promover

F.

para mantener y mejorar los hábitats naturales

G.

que participen en este programa

1

2

3

4

5

6

 

 

 

 

 

 




Прочитайте текст и выполните задания А15–А21. В каждом задании обведите цифру 1, 2, 3 или 4, соответствующую выбранному вами варианту ответа.

En nuestra casa, como en el resto del país, no se dialogaba; las reuniones consistían en una serie de monólogos simultáneos, sin que nadie escuchara a nadie, puro barullo y estática, como una transmisión de radio en onda corta. Nada importaba, porque tam­poco había interés por averiguar que pensaban los demás, sólo en repetir el propio cuento.

En la vejez mi abuelo se negó a poner­se un aparato auditivo, porque consideraba que lo único bueno de su mucha edad era no tener que escuchar las tonterías que dice la gente sin cesar. Tal como expresó elocuentemente el general César Mendoza en 1983: «Estamos abusando de la expresión diálogo. Hay casos en que no es necesario el diálogo. Es más necesario un monologo, porque un diálogo es una simple conversacion entre dos personas». Mi familia habría estado plenamente de acuerdo con la opinión de ese famoso militar.

Los chilenos tenemos tendencia a hablar en falsete. Mary Graham, una inglesa que visitó el país en 1822, comentó en su libro “Diario de mi residencia en Chile„ que la gente era encanta­dora, pero tenía un tono desagradable de voz, sobre todo las mujeres. En general, la famosa viajera se quedó muy contenta al contemplar los paisajes preciosos de Chile.

Al hablar nos tragamos la mitad de las palabras, aspiramos la «s» y cambiamos las vocales, de manera que “¿cómo estás, pues?„ se convierte en «com tai puh» y la palabra «señor» puede ser «iñol».

Existen al menos tres idiomas oficiales: el educado, que se usa en los medios de comunicación y entre la gente educada, en asuntos oficiales y que hablan algunos miembros de la clase alta cuando no están en confianza; el coloquial, que usa el pueblo, y el dialecto indescifrable y siempre cambiante de los jóvenes.

El extranjero de vi­sita no debe desesperar, porque aunque no entienda ni una pala­bra, verá que la gente se desvive por ayudarlo. Además hablamos bajito y suspiramos mucho. Cuando vivía en Venezuela, donde hombres y mujeres son muy seguros de sí mismos y del terreno que pisan, era fácil distinguir a mis compatriotas por su manera de caminar como si fueran espias de incognito y su invariable tono de pedir disculpas.

En aquel periodo de mi vida antes de ir a mi trabajo  pasaba a diario a la panadería de unos portugueses a tomar mi primera taza de café de la mañana, don­de siempre había una apurada multitud de clientes luchando por acercarse al mesón. Los venezolanos gritaban desde la puerta «¿Un marroncito, vale!» y mas temprano que tarde el vaso de papel con el café con leche les llegaba, pasando de mano en mano. Los chilenos, que en aquella época éramos muchos, por­que Venezuela fue de los pocos páises latinoamericanos que gracias al gobierno re­cibían refugiados e inmigrantes, levantábamos un tembloroso dedo índice y suplicábamos con un hilo de voz: «Por favorcito, ¿me da un cafecito, senor?». Podiamos esperar en vano la mana­na entera.

Los venezolanos se burlaban de nuestros modales de me­quetrefe, y a su vez a los chilenos nos espantaba a fondo la rudeza de ellos. A quienes vivimos en ese país por varios años nos cambio el ca­rácter y, entre otras cosas, aprendimos, claro que sí, a pedir el café a gritos, dejamos de suspirar y supimos  pisar el terreno venezolano como los demás.  Lo único que nos hacía sufrir era la nostalgia.

¿Cómo solían pasar las reuniones en nuestra casa?

    1) 

En permanentes discusiones.  

    2) 

Lo más importante era repetir su propio cuento.

    3) 

El participante prestaba mucho interés a la opinión del otro.

    4) 

Escuchando todos juntos las transmisiones de radio.


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En nuestra casa, como en el resto del país, no se dialogaba; las reuniones consistían en una serie de monólogos simultáneos, sin que nadie escuchara a nadie, puro barullo y estática, como una transmisión de radio en onda corta. Nada importaba, porque tam­poco había interés por averiguar que pensaban los demás, sólo en repetir el propio cuento.

En la vejez mi abuelo se negó a poner­se un aparato auditivo, porque consideraba que lo único bueno de su mucha edad era no tener que escuchar las tonterías que dice la gente sin cesar. Tal como expresó elocuentemente el general César Mendoza en 1983: «Estamos abusando de la expresión diálogo. Hay casos en que no es necesario el diálogo. Es más necesario un monologo, porque un diálogo es una simple conversacion entre dos personas». Mi familia habría estado plenamente de acuerdo con la opinión de ese famoso militar.

Los chilenos tenemos tendencia a hablar en falsete. Mary Graham, una inglesa que visitó el país en 1822, comentó en su libro “Diario de mi residencia en Chile„ que la gente era encanta­dora, pero tenía un tono desagradable de voz, sobre todo las mujeres. En general, la famosa viajera se quedó muy contenta al contemplar los paisajes preciosos de Chile.

Al hablar nos tragamos la mitad de las palabras, aspiramos la «s» y cambiamos las vocales, de manera que “¿cómo estás, pues?„ se convierte en «com tai puh» y la palabra «señor» puede ser «iñol».

Existen al menos tres idiomas oficiales: el educado, que se usa en los medios de comunicación y entre la gente educada, en asuntos oficiales y que hablan algunos miembros de la clase alta cuando no están en confianza; el coloquial, que usa el pueblo, y el dialecto indescifrable y siempre cambiante de los jóvenes.

El extranjero de vi­sita no debe desesperar, porque aunque no entienda ni una pala­bra, verá que la gente se desvive por ayudarlo. Además hablamos bajito y suspiramos mucho. Cuando vivía en Venezuela, donde hombres y mujeres son muy seguros de sí mismos y del terreno que pisan, era fácil distinguir a mis compatriotas por su manera de caminar como si fueran espias de incognito y su invariable tono de pedir disculpas.

En aquel periodo de mi vida antes de ir a mi trabajo  pasaba a diario a la panadería de unos portugueses a tomar mi primera taza de café de la mañana, don­de siempre había una apurada multitud de clientes luchando por acercarse al mesón. Los venezolanos gritaban desde la puerta «¿Un marroncito, vale!» y mas temprano que tarde el vaso de papel con el café con leche les llegaba, pasando de mano en mano. Los chilenos, que en aquella época éramos muchos, por­que Venezuela fue de los pocos páises latinoamericanos que gracias al gobierno re­cibían refugiados e inmigrantes, levantábamos un tembloroso dedo índice y suplicábamos con un hilo de voz: «Por favorcito, ¿me da un cafecito, senor?». Podiamos esperar en vano la mana­na entera.

Los venezolanos se burlaban de nuestros modales de me­quetrefe, y a su vez a los chilenos nos espantaba a fondo la rudeza de ellos. A quienes vivimos en ese país por varios años nos cambio el ca­rácter y, entre otras cosas, aprendimos, claro que sí, a pedir el café a gritos, dejamos de suspirar y supimos  pisar el terreno venezolano como los demás.  Lo único que nos hacía sufrir era la nostalgia.

¿Qué se negó a hacer el abuelo en la vejez?

    1) 

Usar un aparato auditivo durante las conversaciones.

    2) 

Responder a las preguntas tontas.

    3) 

Participar en cualquier conversación.

    4) 

Reconocer su defecto físico.


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En nuestra casa, como en el resto del país, no se dialogaba; las reuniones consistían en una serie de monólogos simultáneos, sin que nadie escuchara a nadie, puro barullo y estática, como una transmisión de radio en onda corta. Nada importaba, porque tam­poco había interés por averiguar que pensaban los demás, sólo en repetir el propio cuento.

En la vejez mi abuelo se negó a poner­se un aparato auditivo, porque consideraba que lo único bueno de su mucha edad era no tener que escuchar las tonterías que dice la gente sin cesar. Tal como expresó elocuentemente el general César Mendoza en 1983: «Estamos abusando de la expresión diálogo. Hay casos en que no es necesario el diálogo. Es más necesario un monologo, porque un diálogo es una simple conversacion entre dos personas». Mi familia habría estado plenamente de acuerdo con la opinión de ese famoso militar.

Los chilenos tenemos tendencia a hablar en falsete. Mary Graham, una inglesa que visitó el país en 1822, comentó en su libro “Diario de mi residencia en Chile„ que la gente era encanta­dora, pero tenía un tono desagradable de voz, sobre todo las mujeres. En general, la famosa viajera se quedó muy contenta al contemplar los paisajes preciosos de Chile.

Al hablar nos tragamos la mitad de las palabras, aspiramos la «s» y cambiamos las vocales, de manera que “¿cómo estás, pues?„ se convierte en «com tai puh» y la palabra «señor» puede ser «iñol».

Existen al menos tres idiomas oficiales: el educado, que se usa en los medios de comunicación y entre la gente educada, en asuntos oficiales y que hablan algunos miembros de la clase alta cuando no están en confianza; el coloquial, que usa el pueblo, y el dialecto indescifrable y siempre cambiante de los jóvenes.

El extranjero de vi­sita no debe desesperar, porque aunque no entienda ni una pala­bra, verá que la gente se desvive por ayudarlo. Además hablamos bajito y suspiramos mucho. Cuando vivía en Venezuela, donde hombres y mujeres son muy seguros de sí mismos y del terreno que pisan, era fácil distinguir a mis compatriotas por su manera de caminar como si fueran espias de incognito y su invariable tono de pedir disculpas.

En aquel periodo de mi vida antes de ir a mi trabajo  pasaba a diario a la panadería de unos portugueses a tomar mi primera taza de café de la mañana, don­de siempre había una apurada multitud de clientes luchando por acercarse al mesón. Los venezolanos gritaban desde la puerta «¿Un marroncito, vale!» y mas temprano que tarde el vaso de papel con el café con leche les llegaba, pasando de mano en mano. Los chilenos, que en aquella época éramos muchos, por­que Venezuela fue de los pocos páises latinoamericanos que gracias al gobierno re­cibían refugiados e inmigrantes, levantábamos un tembloroso dedo índice y suplicábamos con un hilo de voz: «Por favorcito, ¿me da un cafecito, senor?». Podiamos esperar en vano la mana­na entera.

Los venezolanos se burlaban de nuestros modales de me­quetrefe, y a su vez a los chilenos nos espantaba a fondo la rudeza de ellos. A quienes vivimos en ese país por varios años nos cambio el ca­rácter y, entre otras cosas, aprendimos, claro que sí, a pedir el café a gritos, dejamos de suspirar y supimos  pisar el terreno venezolano como los demás.  Lo único que nos hacía sufrir era la nostalgia.

Mis familiares estaban de acuerdo con el general César Mendoza que un día dijo que los chilenos ...

    1) 

conversaban de sobra. 

    2) 

sabían dialogar.

    3) 

preferían el monólogo al diálogo.

    4) 

abusaban el sentido de la palabra ¨diálogo¨.


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En nuestra casa, como en el resto del país, no se dialogaba; las reuniones consistían en una serie de monólogos simultáneos, sin que nadie escuchara a nadie, puro barullo y estática, como una transmisión de radio en onda corta. Nada importaba, porque tam­poco había interés por averiguar que pensaban los demás, sólo en repetir el propio cuento.

En la vejez mi abuelo se negó a poner­se un aparato auditivo, porque consideraba que lo único bueno de su mucha edad era no tener que escuchar las tonterías que dice la gente sin cesar. Tal como expresó elocuentemente el general César Mendoza en 1983: «Estamos abusando de la expresión diálogo. Hay casos en que no es necesario el diálogo. Es más necesario un monologo, porque un diálogo es una simple conversacion entre dos personas». Mi familia habría estado plenamente de acuerdo con la opinión de ese famoso militar.

Los chilenos tenemos tendencia a hablar en falsete. Mary Graham, una inglesa que visitó el país en 1822, comentó en su libro “Diario de mi residencia en Chile„ que la gente era encanta­dora, pero tenía un tono desagradable de voz, sobre todo las mujeres. En general, la famosa viajera se quedó muy contenta al contemplar los paisajes preciosos de Chile.

Al hablar nos tragamos la mitad de las palabras, aspiramos la «s» y cambiamos las vocales, de manera que “¿cómo estás, pues?„ se convierte en «com tai puh» y la palabra «señor» puede ser «iñol».

Existen al menos tres idiomas oficiales: el educado, que se usa en los medios de comunicación y entre la gente educada, en asuntos oficiales y que hablan algunos miembros de la clase alta cuando no están en confianza; el coloquial, que usa el pueblo, y el dialecto indescifrable y siempre cambiante de los jóvenes.

El extranjero de vi­sita no debe desesperar, porque aunque no entienda ni una pala­bra, verá que la gente se desvive por ayudarlo. Además hablamos bajito y suspiramos mucho. Cuando vivía en Venezuela, donde hombres y mujeres son muy seguros de sí mismos y del terreno que pisan, era fácil distinguir a mis compatriotas por su manera de caminar como si fueran espias de incognito y su invariable tono de pedir disculpas.

En aquel periodo de mi vida antes de ir a mi trabajo  pasaba a diario a la panadería de unos portugueses a tomar mi primera taza de café de la mañana, don­de siempre había una apurada multitud de clientes luchando por acercarse al mesón. Los venezolanos gritaban desde la puerta «¿Un marroncito, vale!» y mas temprano que tarde el vaso de papel con el café con leche les llegaba, pasando de mano en mano. Los chilenos, que en aquella época éramos muchos, por­que Venezuela fue de los pocos páises latinoamericanos que gracias al gobierno re­cibían refugiados e inmigrantes, levantábamos un tembloroso dedo índice y suplicábamos con un hilo de voz: «Por favorcito, ¿me da un cafecito, senor?». Podiamos esperar en vano la mana­na entera.

Los venezolanos se burlaban de nuestros modales de me­quetrefe, y a su vez a los chilenos nos espantaba a fondo la rudeza de ellos. A quienes vivimos en ese país por varios años nos cambio el ca­rácter y, entre otras cosas, aprendimos, claro que sí, a pedir el café a gritos, dejamos de suspirar y supimos  pisar el terreno venezolano como los demás.  Lo único que nos hacía sufrir era la nostalgia.

Según la opinión de una viajera inglesa ...

    1) 

los chilenos hablaban con un tono agradable.  

    2) 

el habla de las chilenas no le gustó nada.

    3) 

le gente chilena pronuncia cuidadosamente las palabras.

    4) 

ella está desilusionada con la gente chilena.


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En nuestra casa, como en el resto del país, no se dialogaba; las reuniones consistían en una serie de monólogos simultáneos, sin que nadie escuchara a nadie, puro barullo y estática, como una transmisión de radio en onda corta. Nada importaba, porque tam­poco había interés por averiguar que pensaban los demás, sólo en repetir el propio cuento.

En la vejez mi abuelo se negó a poner­se un aparato auditivo, porque consideraba que lo único bueno de su mucha edad era no tener que escuchar las tonterías que dice la gente sin cesar. Tal como expresó elocuentemente el general César Mendoza en 1983: «Estamos abusando de la expresión diálogo. Hay casos en que no es necesario el diálogo. Es más necesario un monologo, porque un diálogo es una simple conversacion entre dos personas». Mi familia habría estado plenamente de acuerdo con la opinión de ese famoso militar.

Los chilenos tenemos tendencia a hablar en falsete. Mary Graham, una inglesa que visitó el país en 1822, comentó en su libro “Diario de mi residencia en Chile„ que la gente era encanta­dora, pero tenía un tono desagradable de voz, sobre todo las mujeres. En general, la famosa viajera se quedó muy contenta al contemplar los paisajes preciosos de Chile.

Al hablar nos tragamos la mitad de las palabras, aspiramos la «s» y cambiamos las vocales, de manera que “¿cómo estás, pues?„ se convierte en «com tai puh» y la palabra «señor» puede ser «iñol».

Existen al menos tres idiomas oficiales: el educado, que se usa en los medios de comunicación y entre la gente educada, en asuntos oficiales y que hablan algunos miembros de la clase alta cuando no están en confianza; el coloquial, que usa el pueblo, y el dialecto indescifrable y siempre cambiante de los jóvenes.

El extranjero de vi­sita no debe desesperar, porque aunque no entienda ni una pala­bra, verá que la gente se desvive por ayudarlo. Además hablamos bajito y suspiramos mucho. Cuando vivía en Venezuela, donde hombres y mujeres son muy seguros de sí mismos y del terreno que pisan, era fácil distinguir a mis compatriotas por su manera de caminar como si fueran espias de incognito y su invariable tono de pedir disculpas.

En aquel periodo de mi vida antes de ir a mi trabajo  pasaba a diario a la panadería de unos portugueses a tomar mi primera taza de café de la mañana, don­de siempre había una apurada multitud de clientes luchando por acercarse al mesón. Los venezolanos gritaban desde la puerta «¿Un marroncito, vale!» y mas temprano que tarde el vaso de papel con el café con leche les llegaba, pasando de mano en mano. Los chilenos, que en aquella época éramos muchos, por­que Venezuela fue de los pocos páises latinoamericanos que gracias al gobierno re­cibían refugiados e inmigrantes, levantábamos un tembloroso dedo índice y suplicábamos con un hilo de voz: «Por favorcito, ¿me da un cafecito, senor?». Podiamos esperar en vano la mana­na entera.

Los venezolanos se burlaban de nuestros modales de me­quetrefe, y a su vez a los chilenos nos espantaba a fondo la rudeza de ellos. A quienes vivimos en ese país por varios años nos cambio el ca­rácter y, entre otras cosas, aprendimos, claro que sí, a pedir el café a gritos, dejamos de suspirar y supimos  pisar el terreno venezolano como los demás.  Lo único que nos hacía sufrir era la nostalgia.

¿Cómo son los venezolanos?

    1) 

Sus modales se parecen mucho a los de los chilenos. 

    2) 

Les gusta tomar el pelo a los extranjeros.

    3) 

Muy seguros de sí mismos.

    4) 

Muy tímidos y como si pidieran perdón.


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En nuestra casa, como en el resto del país, no se dialogaba; las reuniones consistían en una serie de monólogos simultáneos, sin que nadie escuchara a nadie, puro barullo y estática, como una transmisión de radio en onda corta. Nada importaba, porque tam­poco había interés por averiguar que pensaban los demás, sólo en repetir el propio cuento.

En la vejez mi abuelo se negó a poner­se un aparato auditivo, porque consideraba que lo único bueno de su mucha edad era no tener que escuchar las tonterías que dice la gente sin cesar. Tal como expresó elocuentemente el general César Mendoza en 1983: «Estamos abusando de la expresión diálogo. Hay casos en que no es necesario el diálogo. Es más necesario un monologo, porque un diálogo es una simple conversacion entre dos personas». Mi familia habría estado plenamente de acuerdo con la opinión de ese famoso militar.

Los chilenos tenemos tendencia a hablar en falsete. Mary Graham, una inglesa que visitó el país en 1822, comentó en su libro “Diario de mi residencia en Chile„ que la gente era encanta­dora, pero tenía un tono desagradable de voz, sobre todo las mujeres. En general, la famosa viajera se quedó muy contenta al contemplar los paisajes preciosos de Chile.

Al hablar nos tragamos la mitad de las palabras, aspiramos la «s» y cambiamos las vocales, de manera que “¿cómo estás, pues?„ se convierte en «com tai puh» y la palabra «señor» puede ser «iñol».

Existen al menos tres idiomas oficiales: el educado, que se usa en los medios de comunicación y entre la gente educada, en asuntos oficiales y que hablan algunos miembros de la clase alta cuando no están en confianza; el coloquial, que usa el pueblo, y el dialecto indescifrable y siempre cambiante de los jóvenes.

El extranjero de vi­sita no debe desesperar, porque aunque no entienda ni una pala­bra, verá que la gente se desvive por ayudarlo. Además hablamos bajito y suspiramos mucho. Cuando vivía en Venezuela, donde hombres y mujeres son muy seguros de sí mismos y del terreno que pisan, era fácil distinguir a mis compatriotas por su manera de caminar como si fueran espias de incognito y su invariable tono de pedir disculpas.

En aquel periodo de mi vida antes de ir a mi trabajo  pasaba a diario a la panadería de unos portugueses a tomar mi primera taza de café de la mañana, don­de siempre había una apurada multitud de clientes luchando por acercarse al mesón. Los venezolanos gritaban desde la puerta «¿Un marroncito, vale!» y mas temprano que tarde el vaso de papel con el café con leche les llegaba, pasando de mano en mano. Los chilenos, que en aquella época éramos muchos, por­que Venezuela fue de los pocos páises latinoamericanos que gracias al gobierno re­cibían refugiados e inmigrantes, levantábamos un tembloroso dedo índice y suplicábamos con un hilo de voz: «Por favorcito, ¿me da un cafecito, senor?». Podiamos esperar en vano la mana­na entera.

Los venezolanos se burlaban de nuestros modales de me­quetrefe, y a su vez a los chilenos nos espantaba a fondo la rudeza de ellos. A quienes vivimos en ese país por varios años nos cambio el ca­rácter y, entre otras cosas, aprendimos, claro que sí, a pedir el café a gritos, dejamos de suspirar y supimos  pisar el terreno venezolano como los demás.  Lo único que nos hacía sufrir era la nostalgia.

¿Es que Venezuela era el único país de América Latina que recibía inmigrantes?

    1) 

Era uno de los pocos países latinoamericanos.  

    2) 

De verdad era el único país.

    3) 

Casi todos los países de América Latina lo hacían.

    4) 

Este país prestaba refugio sólo a los chilenos.


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En nuestra casa, como en el resto del país, no se dialogaba; las reuniones consistían en una serie de monólogos simultáneos, sin que nadie escuchara a nadie, puro barullo y estática, como una transmisión de radio en onda corta. Nada importaba, porque tam­poco había interés por averiguar que pensaban los demás, sólo en repetir el propio cuento.

En la vejez mi abuelo se negó a poner­se un aparato auditivo, porque consideraba que lo único bueno de su mucha edad era no tener que escuchar las tonterías que dice la gente sin cesar. Tal como expresó elocuentemente el general César Mendoza en 1983: «Estamos abusando de la expresión diálogo. Hay casos en que no es necesario el diálogo. Es más necesario un monologo, porque un diálogo es una simple conversacion entre dos personas». Mi familia habría estado plenamente de acuerdo con la opinión de ese famoso militar.

Los chilenos tenemos tendencia a hablar en falsete. Mary Graham, una inglesa que visitó el país en 1822, comentó en su libro “Diario de mi residencia en Chile„ que la gente era encanta­dora, pero tenía un tono desagradable de voz, sobre todo las mujeres. En general, la famosa viajera se quedó muy contenta al contemplar los paisajes preciosos de Chile.

Al hablar nos tragamos la mitad de las palabras, aspiramos la «s» y cambiamos las vocales, de manera que “¿cómo estás, pues?„ se convierte en «com tai puh» y la palabra «señor» puede ser «iñol».

Existen al menos tres idiomas oficiales: el educado, que se usa en los medios de comunicación y entre la gente educada, en asuntos oficiales y que hablan algunos miembros de la clase alta cuando no están en confianza; el coloquial, que usa el pueblo, y el dialecto indescifrable y siempre cambiante de los jóvenes.

El extranjero de vi­sita no debe desesperar, porque aunque no entienda ni una pala­bra, verá que la gente se desvive por ayudarlo. Además hablamos bajito y suspiramos mucho. Cuando vivía en Venezuela, donde hombres y mujeres son muy seguros de sí mismos y del terreno que pisan, era fácil distinguir a mis compatriotas por su manera de caminar como si fueran espias de incognito y su invariable tono de pedir disculpas.

En aquel periodo de mi vida antes de ir a mi trabajo  pasaba a diario a la panadería de unos portugueses a tomar mi primera taza de café de la mañana, don­de siempre había una apurada multitud de clientes luchando por acercarse al mesón. Los venezolanos gritaban desde la puerta «¿Un marroncito, vale!» y mas temprano que tarde el vaso de papel con el café con leche les llegaba, pasando de mano en mano. Los chilenos, que en aquella época éramos muchos, por­que Venezuela fue de los pocos páises latinoamericanos que gracias al gobierno re­cibían refugiados e inmigrantes, levantábamos un tembloroso dedo índice y suplicábamos con un hilo de voz: «Por favorcito, ¿me da un cafecito, senor?». Podiamos esperar en vano la mana­na entera.

Los venezolanos se burlaban de nuestros modales de me­quetrefe, y a su vez a los chilenos nos espantaba a fondo la rudeza de ellos. A quienes vivimos en ese país por varios años nos cambio el ca­rácter y, entre otras cosas, aprendimos, claro que sí, a pedir el café a gritos, dejamos de suspirar y supimos  pisar el terreno venezolano como los demás.  Lo único que nos hacía sufrir era la nostalgia.

A los chilenos que vivían varios años en Venezuela ...

    1) 

por fin les gustó la rudeza de los venezolanos.  

    2) 

les cambió el carácter y aprendíeron a vivir en aquel país.

    3) 

no les influían los modales de los venezolanos.

    4) 

no les costaba pedir  el café a gritos.

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