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Установите соответствие между заголовками 1–8 и текстами A–G. Занесите свои ответы в таблицу. Используйте каждую цифрутолько один раз.  В задании один заголовок лишний.

1. 

El habitat único

2. 

Cervantes y el mundo árabe

3. 

Acto de honor

4. 

Cantando la independencia

   
5. 

Lección de cortesía

6. 

Debate sobre la lidia

7. 

Agroturismo

8. 

Médicos sin fronteras

A. 

El archipiélago de las Islas Galápagos, es en la actualidad un "mural vivo y único" de la evolución, un lugar en donde Charles Darwin solventó sus principales teorías sobre la evolución de las especies. El conjunto de islas, a 1.000 kilómetros de las costas y uno de los parques nacionales más visitados de América Latina, fue declarado Patrimonio Mundial en 1978 como un reconocimiento a su excepcional riqueza biológica.

 

B. 

Algunos británicos han decidido enseñar buenos modales a sus compatriotas para que reciban con sonrisas y cordialidad a los extranjeros que llegarán para los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Las autoridades chinas antes de la Olimpiada lanzaron una campaña nacional para enseñar a sus ciudadanos a "comportarse correctamente”. Una campaña de este tipo es necesaria en el Reino Unido, considerado como la nación del civismo.

C. 

Ciruelas, manzanas, frambuesas se producen a vasta escala en Los Chalets. El recorrido a través de las plantaciones permite comprender qué se esconde detrás de la fruta que compramos en el supermercado. Cada época del año determina las diferentes labores que acompañan al chacarero a lo largo de producción de la fruta más exquisita. Todo acompañado por los distintos aromas y colores, la magia de cada estación.

 

D. 

El presidente del Comité Olímpico Internacional, Jacques Rogge, intervino con un discurso cargado de emotividad y agradecimiento hacia Samaranch, en la misa de honor en los primeros Juegos Olímpicos de la Juventud. Acudieron numerosas figuras ligadas al olimpismo mostrando el gran cariño y respeto que aún se tiene por la figura del desaparecido dirigente.

 

E. 

El mismo día en que un grupo de 125 personas contrarias a las corridas se manifestaba ante el museo Guggenheim de la capital de Vizcaina, en muchas localidades de España continuaban las celebraciones con encierros típicos en época de verano. Ante el público, activistas antitaurinos protestan en Bilbao formando un toro con cuerpos humanos.

 

F. 

La cautividad de Cervantes en Argel, presa de los corsarios turcos después de su participación en la batalla de Lepanto, sus cinco años de prisión tuvieron una influencia decisiva tanto en su vida como en su obra. Lo que pudo aprender allí será un enigma: la formación humana, y luego literaria, a lo largo de su creación. Aunque desconocía los textos árabes, la mayoría de los recursos que utiliza en el 'Quijote' se hallan en 'Las mil y una  noches'.

 

G. 

17 países del continente africano celebran medio siglo de independencia con un festival  musical. La intención del Comité organizador es: contribuir a elaborar un nuevo humanismo que incluyera a todos los hombres. Muchos músicos cayeron bajo el embrujo de los ritmos africanos, lo que despertó el interés internacional.



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A cuerpo de rey

Según una encuesta realizada por la Fundación Affinity, un 47% de los españoles que tiene animales domésticos se A__________. Hasta hace pocos años, tenía que renunciar a B__________, pero ahora ya es posible gracias a que muchos establecimientos ofrecen programas Pet Friendly. Casi todos admiten perros y gatos, pero los hay que se C__________.

Las cadenas hoteleras más importantes cuentan con programas especiales para D__________ de una agradable y lujosa estancia. Se hace todo lo posible para que los animales de compañía se sientan como en casa obsequiándoles con camitas y cuencos para la comida sin coste adicional. Además, se les ofrecen los servicios del veterinario y la comida que más les guste … y casi todo lo que se pueda imaginar. Los animales pueden acompañar a sus dueños en las actividades que se organizan: senderismo, paseos en bicicleta, a caballo …

Y no se olvidan del dueño. Para él hay un mapa con rutas para salir y caminar con el animal e información para E__________ las 24 horas. Y si el dueño está atareado, hay entrenadores personales que sacan a pasear a las mascotas.

La Fundación Affinity, que promueve el papel de los animales de compañía en la sociedad, acaba de editar la Guía para viajar 2010. Con ella, los propietarios de perros y gatos F__________de sus mascotas, pues incluye más de tres mil hoteles en España y Andorra, mil campings y unos tres mil casas rurales que aceptan animales de compañía, 1500 centros veterinarios con servicio de urgencias y 240 residencias caninas y felinas. La guía está a la venta en librerías por 12, 50 euros.

Llevarse de vacaciones a la mascota cada vez es más fácil.

  
1. 

que sus mascotas le acompañasen

2. 

contactar con un veterinario bilingüe

3. 

dejan llevarlos consigo

4. 

que las mascotas también disfruten

5. 

aloja en hoteles durante sus vacaciones

6. 

pueden planificar sus vacaciones acompañados

7. 

atreven con iguanas o hurones

 

Прочитайте текст и выполните задания А15–А21. В каждом задании укажите номер выбранного вами варианта ответа.

Cuando Ilaria llevaba seis años en la universidad me preocupó un silencio más prolongado que los anteriores, y cogí el tren para ir a verla. Nunca lo había hecho desde que estaba en Padua. Cuando abrió la puerta se quedó aterrorizada. En vez de saludarme, me agredió: «¿Quién te ha invitado? – y sin darme siquiera el tiempo de contestarle, añadió: Deberías haberme avisado, justamente estaba a punto de salir. Esta mañana tengo un examen importante». Todavía llevaba el camisón puesto, era evidente que se trataba de una mentira. Simulé no darme cuenta y le dije: «Paciencia, quiero decir que te esperaré, y después festejaremos juntos el resultado». Poco después se marchó de verdad, con tanta prisa que se dejó sobre la mesa los libros.

Una vez sola en la casa, hice lo que cualquier otra madre habría hecho: me di a curiosear por los cajones, buscaba una señal, algo que me ayudase a comprender qué dirección había tomado su vida. No tenía la intención de espiar, de ponerme en plan de censura o inquisición. Sólo había en mí una gran ansiedad y para aplacarla necesitaba algún punto de contacto. Salvo octavillas y opúsculos de propaganda revolucionaria, no encontré nada, ni un diario personal o una carta. En una de las paredes de su dormitorio había un cartel con la siguiente inscripción: la familia es tan estimulante y ventilada como una cámara de gas. A su manera, aquello era un indicio.

Ilaria regresó a primera hora de la tarde. Tenía el mismo aspecto de ir sin aliento que cuando salió. «¿Cómo te fue el examen?», pregunté con tono más cariñoso posible. «Como siempre –y, tras una pausa, agregó: ¿Para esto has venido, para controlarme?» Yo quería evitar un choque, de manera que con tono tranquilo y accesible le contesté que sólo tenía un deseo: que hablásemos un rato las dos.

«¿Hablar? –repitió incrédula. Y, ¿de qué?»

«De ti, Ilaria», dije entonces en voz baja, tratando de encontrar su mirada. Se acercó a la ventana, mantenía la mirada fija en un sauce algo apagado. «No tengo nada que contar; por lo menos, no a ti. No quiero perder el tiempo con charlas intimistas y pequeñoburguesas». Después desplazó la mirada del sauce a su reloj de pulsera y dijo: «Es tarde, tengo una reunión importante. Tienes que marcharte». No obedecí: me puse de pie, pero en vez de salir me acerqué a ella y cogí sus manos entre las mías. «¿Qué ocurre? –le pregunté. ¿Qué es lo que te hace sufrir?» Percibía que su aliento se aceleraba. «Verte en este estado me hace doler el corazón –añadí. Aunque tú me rechaces como madre, yo no te rechazo como hija. Querría ayudarte, pero si tú no vienes a mi encuentro no puedo hacerlo». Entonces la barbilla le empezó a temblar como cuando era niña, y estaba a punto de llorar, apartó sus manos de las mías y se volvió de golpe. Su cuerpo delgado y contraído se sacudía por los sollozos profundos. Le acaricié el pelo. Se dio la vuelta de golpe y me abrazó escondiendo el rostro en mi hombro. «Mamá –dijo–, yo ... yo ...»

En ese preciso instante se oyó el teléfono.

–Deja que siga llamando –le susurré al oído. Como conocía su fragilidad, estaba preocupada.

–No puedo –contestó enjugándose las lágrimas.

Cuando levantó el auricular su voz volvía a ser metálica, ajena. Por el breve diálogo comprendí que algo grave tenía que haber ocurrido. Efectivamente, en seguida me dijo: «Lo siento, pero realmente ahora debes marcharte».

Ilaria, la hija de la narradora, al ver a su madre en el umbral de su casa mostró ...

    1) 

cierta indiferencia y la dejó entrar.

    2) 

mucha alegría y la invitó gustosamente.

    3) 

mucha irritación pero la dejó pasar.

    4) 

alegría pero fingió tener mucha prisa.




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Cuando Ilaria llevaba seis años en la universidad me preocupó un silencio más prolongado que los anteriores, y cogí el tren para ir a verla. Nunca lo había hecho desde que estaba en Padua. Cuando abrió la puerta se quedó aterrorizada. En vez de saludarme, me agredió: «¿Quién te ha invitado? – y sin darme siquiera el tiempo de contestarle, añadió: Deberías haberme avisado, justamente estaba a punto de salir. Esta mañana tengo un examen importante». Todavía llevaba el camisón puesto, era evidente que se trataba de una mentira. Simulé no darme cuenta y le dije: «Paciencia, quiero decir que te esperaré, y después festejaremos juntos el resultado». Poco después se marchó de verdad, con tanta prisa que se dejó sobre la mesa los libros.

Una vez sola en la casa, hice lo que cualquier otra madre habría hecho: me di a curiosear por los cajones, buscaba una señal, algo que me ayudase a comprender qué dirección había tomado su vida. No tenía la intención de espiar, de ponerme en plan de censura o inquisición. Sólo había en mí una gran ansiedad y para aplacarla necesitaba algún punto de contacto. Salvo octavillas y opúsculos de propaganda revolucionaria, no encontré nada, ni un diario personal o una carta. En una de las paredes de su dormitorio había un cartel con la siguiente inscripción: la familia es tan estimulante y ventilada como una cámara de gas. A su manera, aquello era un indicio.

Ilaria regresó a primera hora de la tarde. Tenía el mismo aspecto de ir sin aliento que cuando salió. «¿Cómo te fue el examen?», pregunté con tono más cariñoso posible. «Como siempre –y, tras una pausa, agregó: ¿Para esto has venido, para controlarme?» Yo quería evitar un choque, de manera que con tono tranquilo y accesible le contesté que sólo tenía un deseo: que hablásemos un rato las dos.

«¿Hablar? –repitió incrédula. Y, ¿de qué?»

«De ti, Ilaria», dije entonces en voz baja, tratando de encontrar su mirada. Se acercó a la ventana, mantenía la mirada fija en un sauce algo apagado. «No tengo nada que contar; por lo menos, no a ti. No quiero perder el tiempo con charlas intimistas y pequeñoburguesas». Después desplazó la mirada del sauce a su reloj de pulsera y dijo: «Es tarde, tengo una reunión importante. Tienes que marcharte». No obedecí: me puse de pie, pero en vez de salir me acerqué a ella y cogí sus manos entre las mías. «¿Qué ocurre? –le pregunté. ¿Qué es lo que te hace sufrir?» Percibía que su aliento se aceleraba. «Verte en este estado me hace doler el corazón –añadí. Aunque tú me rechaces como madre, yo no te rechazo como hija. Querría ayudarte, pero si tú no vienes a mi encuentro no puedo hacerlo». Entonces la barbilla le empezó a temblar como cuando era niña, y estaba a punto de llorar, apartó sus manos de las mías y se volvió de golpe. Su cuerpo delgado y contraído se sacudía por los sollozos profundos. Le acaricié el pelo. Se dio la vuelta de golpe y me abrazó escondiendo el rostro en mi hombro. «Mamá –dijo–, yo ... yo ...»

En ese preciso instante se oyó el teléfono.

–Deja que siga llamando –le susurré al oído. Como conocía su fragilidad, estaba preocupada.

–No puedo –contestó enjugándose las lágrimas.

Cuando levantó el auricular su voz volvía a ser metálica, ajena. Por el breve diálogo comprendí que algo grave tenía que haber ocurrido. Efectivamente, en seguida me dijo: «Lo siento, pero realmente ahora debes marcharte».

 

Ilaria al saludar a su madre se marchó de casa precipitadamente porque …

    1) 

tenía un examen en la Universidad.

    2) 

no quería festejar el examen con su madre sino con sus amigos.

    3) 

tenía una reunión importante con los amigos.

    4) 

no tenía ganas de ver a su madre.


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Cuando Ilaria llevaba seis años en la universidad me preocupó un silencio más prolongado que los anteriores, y cogí el tren para ir a verla. Nunca lo había hecho desde que estaba en Padua. Cuando abrió la puerta se quedó aterrorizada. En vez de saludarme, me agredió: «¿Quién te ha invitado? – y sin darme siquiera el tiempo de contestarle, añadió: Deberías haberme avisado, justamente estaba a punto de salir. Esta mañana tengo un examen importante». Todavía llevaba el camisón puesto, era evidente que se trataba de una mentira. Simulé no darme cuenta y le dije: «Paciencia, quiero decir que te esperaré, y después festejaremos juntos el resultado». Poco después se marchó de verdad, con tanta prisa que se dejó sobre la mesa los libros.

Una vez sola en la casa, hice lo que cualquier otra madre habría hecho: me di a curiosear por los cajones, buscaba una señal, algo que me ayudase a comprender qué dirección había tomado su vida. No tenía la intención de espiar, de ponerme en plan de censura o inquisición. Sólo había en mí una gran ansiedad y para aplacarla necesitaba algún punto de contacto. Salvo octavillas y opúsculos de propaganda revolucionaria, no encontré nada, ni un diario personal o una carta. En una de las paredes de su dormitorio había un cartel con la siguiente inscripción: la familia es tan estimulante y ventilada como una cámara de gas. A su manera, aquello era un indicio.

Ilaria regresó a primera hora de la tarde. Tenía el mismo aspecto de ir sin aliento que cuando salió. «¿Cómo te fue el examen?», pregunté con tono más cariñoso posible. «Como siempre –y, tras una pausa, agregó: ¿Para esto has venido, para controlarme?» Yo quería evitar un choque, de manera que con tono tranquilo y accesible le contesté que sólo tenía un deseo: que hablásemos un rato las dos.

«¿Hablar? –repitió incrédula. Y, ¿de qué?»

«De ti, Ilaria», dije entonces en voz baja, tratando de encontrar su mirada. Se acercó a la ventana, mantenía la mirada fija en un sauce algo apagado. «No tengo nada que contar; por lo menos, no a ti. No quiero perder el tiempo con charlas intimistas y pequeñoburguesas». Después desplazó la mirada del sauce a su reloj de pulsera y dijo: «Es tarde, tengo una reunión importante. Tienes que marcharte». No obedecí: me puse de pie, pero en vez de salir me acerqué a ella y cogí sus manos entre las mías. «¿Qué ocurre? –le pregunté. ¿Qué es lo que te hace sufrir?» Percibía que su aliento se aceleraba. «Verte en este estado me hace doler el corazón –añadí. Aunque tú me rechaces como madre, yo no te rechazo como hija. Querría ayudarte, pero si tú no vienes a mi encuentro no puedo hacerlo». Entonces la barbilla le empezó a temblar como cuando era niña, y estaba a punto de llorar, apartó sus manos de las mías y se volvió de golpe. Su cuerpo delgado y contraído se sacudía por los sollozos profundos. Le acaricié el pelo. Se dio la vuelta de golpe y me abrazó escondiendo el rostro en mi hombro. «Mamá –dijo–, yo ... yo ...»

En ese preciso instante se oyó el teléfono.

–Deja que siga llamando –le susurré al oído. Como conocía su fragilidad, estaba preocupada.

–No puedo –contestó enjugándose las lágrimas.

Cuando levantó el auricular su voz volvía a ser metálica, ajena. Por el breve diálogo comprendí que algo grave tenía que haber ocurrido. Efectivamente, en seguida me dijo: «Lo siento, pero realmente ahora debes marcharte».

 

¿Por qué la protagonista, una vez sola en la casa de Ilaria, empezó a revisar los cajones?

    1) 

Quería encontrar cartas amorosas de su hija.

    2) 

Quería pillar a su hija en una mentira.

    3) 

Tenía mucha preocupación por la vida de Ilaria. 

    4) 

Le gustaba espiar a la gente.


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Cuando Ilaria llevaba seis años en la universidad me preocupó un silencio más prolongado que los anteriores, y cogí el tren para ir a verla. Nunca lo había hecho desde que estaba en Padua. Cuando abrió la puerta se quedó aterrorizada. En vez de saludarme, me agredió: «¿Quién te ha invitado? – y sin darme siquiera el tiempo de contestarle, añadió: Deberías haberme avisado, justamente estaba a punto de salir. Esta mañana tengo un examen importante». Todavía llevaba el camisón puesto, era evidente que se trataba de una mentira. Simulé no darme cuenta y le dije: «Paciencia, quiero decir que te esperaré, y después festejaremos juntos el resultado». Poco después se marchó de verdad, con tanta prisa que se dejó sobre la mesa los libros.

Una vez sola en la casa, hice lo que cualquier otra madre habría hecho: me di a curiosear por los cajones, buscaba una señal, algo que me ayudase a comprender qué dirección había tomado su vida. No tenía la intención de espiar, de ponerme en plan de censura o inquisición. Sólo había en mí una gran ansiedad y para aplacarla necesitaba algún punto de contacto. Salvo octavillas y opúsculos de propaganda revolucionaria, no encontré nada, ni un diario personal o una carta. En una de las paredes de su dormitorio había un cartel con la siguiente inscripción: la familia es tan estimulante y ventilada como una cámara de gas. A su manera, aquello era un indicio.

Ilaria regresó a primera hora de la tarde. Tenía el mismo aspecto de ir sin aliento que cuando salió. «¿Cómo te fue el examen?», pregunté con tono más cariñoso posible. «Como siempre –y, tras una pausa, agregó: ¿Para esto has venido, para controlarme?» Yo quería evitar un choque, de manera que con tono tranquilo y accesible le contesté que sólo tenía un deseo: que hablásemos un rato las dos.

«¿Hablar? –repitió incrédula. Y, ¿de qué?»

«De ti, Ilaria», dije entonces en voz baja, tratando de encontrar su mirada. Se acercó a la ventana, mantenía la mirada fija en un sauce algo apagado. «No tengo nada que contar; por lo menos, no a ti. No quiero perder el tiempo con charlas intimistas y pequeñoburguesas». Después desplazó la mirada del sauce a su reloj de pulsera y dijo: «Es tarde, tengo una reunión importante. Tienes que marcharte». No obedecí: me puse de pie, pero en vez de salir me acerqué a ella y cogí sus manos entre las mías. «¿Qué ocurre? –le pregunté. ¿Qué es lo que te hace sufrir?» Percibía que su aliento se aceleraba. «Verte en este estado me hace doler el corazón –añadí. Aunque tú me rechaces como madre, yo no te rechazo como hija. Querría ayudarte, pero si tú no vienes a mi encuentro no puedo hacerlo». Entonces la barbilla le empezó a temblar como cuando era niña, y estaba a punto de llorar, apartó sus manos de las mías y se volvió de golpe. Su cuerpo delgado y contraído se sacudía por los sollozos profundos. Le acaricié el pelo. Se dio la vuelta de golpe y me abrazó escondiendo el rostro en mi hombro. «Mamá –dijo–, yo ... yo ...»

En ese preciso instante se oyó el teléfono.

–Deja que siga llamando –le susurré al oído. Como conocía su fragilidad, estaba preocupada.

–No puedo –contestó enjugándose las lágrimas.

Cuando levantó el auricular su voz volvía a ser metálica, ajena. Por el breve diálogo comprendí que algo grave tenía que haber ocurrido. Efectivamente, en seguida me dijo: «Lo siento, pero realmente ahora debes marcharte».

 

La protagonista vino preocupada a casa de su hija Ilaria porque

    1) 

necesitaba establecer la relación perdida hace tiempo con ella. 

    2) 

necesitaba informarse de sus estudios. 

    3) 

quería visitarla de vez en cuando.

    4) 

quería controlarla.


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Cuando Ilaria llevaba seis años en la universidad me preocupó un silencio más prolongado que los anteriores, y cogí el tren para ir a verla. Nunca lo había hecho desde que estaba en Padua. Cuando abrió la puerta se quedó aterrorizada. En vez de saludarme, me agredió: «¿Quién te ha invitado? – y sin darme siquiera el tiempo de contestarle, añadió: Deberías haberme avisado, justamente estaba a punto de salir. Esta mañana tengo un examen importante». Todavía llevaba el camisón puesto, era evidente que se trataba de una mentira. Simulé no darme cuenta y le dije: «Paciencia, quiero decir que te esperaré, y después festejaremos juntos el resultado». Poco después se marchó de verdad, con tanta prisa que se dejó sobre la mesa los libros.

Una vez sola en la casa, hice lo que cualquier otra madre habría hecho: me di a curiosear por los cajones, buscaba una señal, algo que me ayudase a comprender qué dirección había tomado su vida. No tenía la intención de espiar, de ponerme en plan de censura o inquisición. Sólo había en mí una gran ansiedad y para aplacarla necesitaba algún punto de contacto. Salvo octavillas y opúsculos de propaganda revolucionaria, no encontré nada, ni un diario personal o una carta. En una de las paredes de su dormitorio había un cartel con la siguiente inscripción: la familia es tan estimulante y ventilada como una cámara de gas. A su manera, aquello era un indicio.

Ilaria regresó a primera hora de la tarde. Tenía el mismo aspecto de ir sin aliento que cuando salió. «¿Cómo te fue el examen?», pregunté con tono más cariñoso posible. «Como siempre –y, tras una pausa, agregó: ¿Para esto has venido, para controlarme?» Yo quería evitar un choque, de manera que con tono tranquilo y accesible le contesté que sólo tenía un deseo: que hablásemos un rato las dos.

«¿Hablar? –repitió incrédula. Y, ¿de qué?»

«De ti, Ilaria», dije entonces en voz baja, tratando de encontrar su mirada. Se acercó a la ventana, mantenía la mirada fija en un sauce algo apagado. «No tengo nada que contar; por lo menos, no a ti. No quiero perder el tiempo con charlas intimistas y pequeñoburguesas». Después desplazó la mirada del sauce a su reloj de pulsera y dijo: «Es tarde, tengo una reunión importante. Tienes que marcharte». No obedecí: me puse de pie, pero en vez de salir me acerqué a ella y cogí sus manos entre las mías. «¿Qué ocurre? –le pregunté. ¿Qué es lo que te hace sufrir?» Percibía que su aliento se aceleraba. «Verte en este estado me hace doler el corazón –añadí. Aunque tú me rechaces como madre, yo no te rechazo como hija. Querría ayudarte, pero si tú no vienes a mi encuentro no puedo hacerlo». Entonces la barbilla le empezó a temblar como cuando era niña, y estaba a punto de llorar, apartó sus manos de las mías y se volvió de golpe. Su cuerpo delgado y contraído se sacudía por los sollozos profundos. Le acaricié el pelo. Se dio la vuelta de golpe y me abrazó escondiendo el rostro en mi hombro. «Mamá –dijo–, yo ... yo ...»

En ese preciso instante se oyó el teléfono.

–Deja que siga llamando –le susurré al oído. Como conocía su fragilidad, estaba preocupada.

–No puedo –contestó enjugándose las lágrimas.

Cuando levantó el auricular su voz volvía a ser metálica, ajena. Por el breve diálogo comprendí que algo grave tenía que haber ocurrido. Efectivamente, en seguida me dijo: «Lo siento, pero realmente ahora debes marcharte».

 

¿De qué quería hablar la narradora con Ilaria?

    1) 

De cosas insignificantes.

    2) 

De la vida de su hija.

    3) 

De los amigos de su hija.

    4) 

Del encuentro que tendría  pronto.


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Cuando Ilaria llevaba seis años en la universidad me preocupó un silencio más prolongado que los anteriores, y cogí el tren para ir a verla. Nunca lo había hecho desde que estaba en Padua. Cuando abrió la puerta se quedó aterrorizada. En vez de saludarme, me agredió: «¿Quién te ha invitado? – y sin darme siquiera el tiempo de contestarle, añadió: Deberías haberme avisado, justamente estaba a punto de salir. Esta mañana tengo un examen importante». Todavía llevaba el camisón puesto, era evidente que se trataba de una mentira. Simulé no darme cuenta y le dije: «Paciencia, quiero decir que te esperaré, y después festejaremos juntos el resultado». Poco después se marchó de verdad, con tanta prisa que se dejó sobre la mesa los libros.

Una vez sola en la casa, hice lo que cualquier otra madre habría hecho: me di a curiosear por los cajones, buscaba una señal, algo que me ayudase a comprender qué dirección había tomado su vida. No tenía la intención de espiar, de ponerme en plan de censura o inquisición. Sólo había en mí una gran ansiedad y para aplacarla necesitaba algún punto de contacto. Salvo octavillas y opúsculos de propaganda revolucionaria, no encontré nada, ni un diario personal o una carta. En una de las paredes de su dormitorio había un cartel con la siguiente inscripción: la familia es tan estimulante y ventilada como una cámara de gas. A su manera, aquello era un indicio.

Ilaria regresó a primera hora de la tarde. Tenía el mismo aspecto de ir sin aliento que cuando salió. «¿Cómo te fue el examen?», pregunté con tono más cariñoso posible. «Como siempre –y, tras una pausa, agregó: ¿Para esto has venido, para controlarme?» Yo quería evitar un choque, de manera que con tono tranquilo y accesible le contesté que sólo tenía un deseo: que hablásemos un rato las dos.

«¿Hablar? –repitió incrédula. Y, ¿de qué?»

«De ti, Ilaria», dije entonces en voz baja, tratando de encontrar su mirada. Se acercó a la ventana, mantenía la mirada fija en un sauce algo apagado. «No tengo nada que contar; por lo menos, no a ti. No quiero perder el tiempo con charlas intimistas y pequeñoburguesas». Después desplazó la mirada del sauce a su reloj de pulsera y dijo: «Es tarde, tengo una reunión importante. Tienes que marcharte». No obedecí: me puse de pie, pero en vez de salir me acerqué a ella y cogí sus manos entre las mías. «¿Qué ocurre? –le pregunté. ¿Qué es lo que te hace sufrir?» Percibía que su aliento se aceleraba. «Verte en este estado me hace doler el corazón –añadí. Aunque tú me rechaces como madre, yo no te rechazo como hija. Querría ayudarte, pero si tú no vienes a mi encuentro no puedo hacerlo». Entonces la barbilla le empezó a temblar como cuando era niña, y estaba a punto de llorar, apartó sus manos de las mías y se volvió de golpe. Su cuerpo delgado y contraído se sacudía por los sollozos profundos. Le acaricié el pelo. Se dio la vuelta de golpe y me abrazó escondiendo el rostro en mi hombro. «Mamá –dijo–, yo ... yo ...»

En ese preciso instante se oyó el teléfono.

–Deja que siga llamando –le susurré al oído. Como conocía su fragilidad, estaba preocupada.

–No puedo –contestó enjugándose las lágrimas.

Cuando levantó el auricular su voz volvía a ser metálica, ajena. Por el breve diálogo comprendí que algo grave tenía que haber ocurrido. Efectivamente, en seguida me dijo: «Lo siento, pero realmente ahora debes marcharte».

 

La protagonista consiguió empezar la conversación con Ilaria pero ésta ...

    1) 

la rechazó como madre.

    2) 

no quiso responder a su madre.

    3) 

se volvió de golpe sin hacerle caso.

    4) 

rompió en llanto.


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Cuando Ilaria llevaba seis años en la universidad me preocupó un silencio más prolongado que los anteriores, y cogí el tren para ir a verla. Nunca lo había hecho desde que estaba en Padua. Cuando abrió la puerta se quedó aterrorizada. En vez de saludarme, me agredió: «¿Quién te ha invitado? – y sin darme siquiera el tiempo de contestarle, añadió: Deberías haberme avisado, justamente estaba a punto de salir. Esta mañana tengo un examen importante». Todavía llevaba el camisón puesto, era evidente que se trataba de una mentira. Simulé no darme cuenta y le dije: «Paciencia, quiero decir que te esperaré, y después festejaremos juntos el resultado». Poco después se marchó de verdad, con tanta prisa que se dejó sobre la mesa los libros.

Una vez sola en la casa, hice lo que cualquier otra madre habría hecho: me di a curiosear por los cajones, buscaba una señal, algo que me ayudase a comprender qué dirección había tomado su vida. No tenía la intención de espiar, de ponerme en plan de censura o inquisición. Sólo había en mí una gran ansiedad y para aplacarla necesitaba algún punto de contacto. Salvo octavillas y opúsculos de propaganda revolucionaria, no encontré nada, ni un diario personal o una carta. En una de las paredes de su dormitorio había un cartel con la siguiente inscripción: la familia es tan estimulante y ventilada como una cámara de gas. A su manera, aquello era un indicio.

Ilaria regresó a primera hora de la tarde. Tenía el mismo aspecto de ir sin aliento que cuando salió. «¿Cómo te fue el examen?», pregunté con tono más cariñoso posible. «Como siempre –y, tras una pausa, agregó: ¿Para esto has venido, para controlarme?» Yo quería evitar un choque, de manera que con tono tranquilo y accesible le contesté que sólo tenía un deseo: que hablásemos un rato las dos.

«¿Hablar? –repitió incrédula. Y, ¿de qué?»

«De ti, Ilaria», dije entonces en voz baja, tratando de encontrar su mirada. Se acercó a la ventana, mantenía la mirada fija en un sauce algo apagado. «No tengo nada que contar; por lo menos, no a ti. No quiero perder el tiempo con charlas intimistas y pequeñoburguesas». Después desplazó la mirada del sauce a su reloj de pulsera y dijo: «Es tarde, tengo una reunión importante. Tienes que marcharte». No obedecí: me puse de pie, pero en vez de salir me acerqué a ella y cogí sus manos entre las mías. «¿Qué ocurre? –le pregunté. ¿Qué es lo que te hace sufrir?» Percibía que su aliento se aceleraba. «Verte en este estado me hace doler el corazón –añadí. Aunque tú me rechaces como madre, yo no te rechazo como hija. Querría ayudarte, pero si tú no vienes a mi encuentro no puedo hacerlo». Entonces la barbilla le empezó a temblar como cuando era niña, y estaba a punto de llorar, apartó sus manos de las mías y se volvió de golpe. Su cuerpo delgado y contraído se sacudía por los sollozos profundos. Le acaricié el pelo. Se dio la vuelta de golpe y me abrazó escondiendo el rostro en mi hombro. «Mamá –dijo–, yo ... yo ...»

En ese preciso instante se oyó el teléfono.

–Deja que siga llamando –le susurré al oído. Como conocía su fragilidad, estaba preocupada.

–No puedo –contestó enjugándose las lágrimas.

Cuando levantó el auricular su voz volvía a ser metálica, ajena. Por el breve diálogo comprendí que algo grave tenía que haber ocurrido. Efectivamente, en seguida me dijo: «Lo siento, pero realmente ahora debes marcharte».

 

La narradora tuvo que marcharse  de la casa de su hija sin hablar porque …

    1) 

ya era hora de irse.

    2) 

algo grave había ocurrido en su propia casa.

    3) 

Ilaria volvió a ser ajena y dura.

    4) 

comprendió que Ilaria tenía prisa.


Установите соответствие между заголовками 1–8 и текстами A–G. Занесите свои ответы в таблицу. Используйте каждую цифрутолько один раз. В задании один заголовок лишний.

1. 

El primero en la Luna

2. 

La conquista del espacio

3. 

Transmitir tecnologías españolas

4. 

Observar otro planeta

   
5. 

Un invento notable

6. 

Pronosticar cambios globales

7. 

Planetas más cercanоs

8. 

Admirar los astros

 

A. 

El 12 de abril de 1961 Yuri Gagarin gritó con voz temblorosa «¡poyéjali!» (¡vámonos!). Aquella exclamación se refería, no sólo a su propio viaje, sino a los que vinieron después. Era la señal de partida para la conquista del cosmos. En los 50 años más de medio millar de astronautas de 30 países contemplaron la Tierra como Gagarin. En los vuelos de preparación participaron animales, como la perrita Laika, el primer ser vivo que traspasó la estratosfera.

B. 

En 1609 Galileo Galilei apuntó por primera vez al cielo con un telescopio. Cuatrocientos años más tarde, la Organización de las Naciones Unidas ha decidido conmemorarlo declarando a 2009 el Año Internacional de la Astronomía, con el lema “El Universo para que lo descubras”. España participó en todos los proyectos pilares de este evento.

C. 

El telescopio espacial captó las imágenes más claras del cuerpo cósmico que se estrelló sobre la atmósfera de Júpiter, anunció la NASA. Los científicos decidieron dirigir sus cámaras hacia la superficie del planeta donde fue detectado el impacto. La explosión del cuerpo cósmico fue causada por un asteroide. Se indica que el punto de impacto fue del diámetro de unas canchas de fútbol y la fuerza de la explosión superior a la del asteroide que cayó en 1908 en Siberia.

D. 

La India empleará tecnología española para su conquista de la Luna, aprovechando que España está siendo pionera en el desarrollo de simuladores de sistemas de control ambiental y soporte de vida en naves espaciales tripuladas. Tales sistemas físicos permiten simular las condiciones reales de temperatura de las naves, su humedad, calidad del aire, según han explicado a Efe los ingenieros responsables del proyecto.

E. 

Las culturas de la Antigüedad, en su desarrollo, vieron al cielo con curiosidad e identificaron determinados grupos de estrellas. Muchos de estos agrupamientos corresponden a la percepción particular de cada sociedad, pero se dieron coincidencias asombrosas. ¿Cuál fue el impulso original que motivó al hombre a crear mapas y dar nombres a las constelaciones? Es probable que desee rastrear la trayectoria de la Luna lo que terminó conduciendo a una sistematización de las estrellas.

F. 

Estados Unidos festeja con orgullo los 40 años de su conquista de la Luna el 20 de julio con numerosas celebraciones, en momentos en que el país se interroga sobre el futuro de sus vuelos espaciales habitados. Las principales actividades tienen lugar en julio, fechas que marcan el lanzamiento de la misión Apolo 11 desde Cabo Cañaveral y el regreso triunfal de Neil Armstrong, primer hombre en pisar la Luna, el 20 de julio de 1969.

G. 

Japón anuncia que lanzará un satélite en 2013, junto con la Agencia Europea Espacial, para estudiar las nubes e intentar analizar el progreso del calentamiento del planeta. Se espera que con el satélite ‘EarthCare’ se incremente la exactitud de las predicciones de carácter global, tales como aumentos de temperatura, lo cual ayudaría a crear medidas contra el cambio climático.

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