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Capital cultural latina

Paraíso de urbanistas, eterna noctámbula, moderna Babel ... los calificativos para describir Nueva York siempre han sido múltiples y variados, pero hay una nueva definición. NYC se levanta y distingue ahora con nombre propio y, A__________, como un foco de gran influencia en el mundo hispano. Bienvenidos a la nueva capital cultural latina.

La Gran Manzana siempre acogió en su seno a artistas venidos de todos los rincones y su influjo se ha extendido por todo el planeta, B__________.Hoy son miles los creadores latinos que, nacidos o llegados, desarrollan su actividad en esta metrópoli, C__________ no sólo en Estados Unidos sino en todo el continente americano.

La presencia de la “marca latina” es un hecho gracias a las numerosas instituciones D__________ del arte latinoamericano. Miles de artistas latinos desarrollan su actividad en Nueva York; saben que la ciudad es la puerta americana al mundo entero. Es imposible hacer una lista pormenorizada de todas las fundaciones o asociaciones existentes, pues cada país latino cuenta con numerosas delegaciones.

Musicalmente, es sabido E__________ para los grandes de la canción latina: Nueva York es una parada obligatoria en sus giras. Cantantes de la vieja escuela, como el melódico Raphael o el cantautor Joan Manuel Serrat, que cantó en el Carnegie Hall la noche de las elecciones presidenciales, han llenado los míticos escenarios de Manhattan. Pero los nuevos ídolos de adolescentes también saben que sus admiradores están aquí.

Y es F__________ a la que todos los creadores quieren dirigirse, una ciudad que gracias al potencial de sus artistas marca el paso como ninguna otra ciudad en toda América.

  
1. 

lo que les abre puertas

2. 

que NYC es sin duda una meca

3. 

sobre los famosos cantantes latinos

4. 

sobre todo desde el pasado siglo

5. 

que se dedican a la promoción

6. 

pese a las reticencias de muchos

7. 

que esta ciudad es un hervidero

 


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Прочитайте текст и выполните задания А15–А21. В каждом задании укажите номер выбранного Вами варианта ответа.

Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados. Desgranaban los primeros días del verano de 1945 y caminábamos por las calles de una Barcelona atrapada bajo cielos de ceniza y un sol de vapor que se derramaba sobre la Rambla de Santa Mónica en una guirnalda de cobre líquido.

– Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie – advirtió mi padre –. Ni a tu amigo Tomás. A nadie.

– ¿Ni siquiera a mamá? – inquirí yo, a media voz.

Mi padre suspiró, amparado en aquella sonrisa triste que le perseguía como una sombra por la vida.

– Claro que sí – respondió cabizbajo –. Con ella no tenemos secretos. A ella puedes contárselo todo.

Poco después de la guerra civil, un brote de cólera se había llevado a mi madre. La enterramos en Montjuïc el día de mi cuarto cumpleaños. Sólo recuerdo que llovió todo el día y toda la noche, y que cuando le pregunté a mi padre si el cielo lloraba le faltó la voz para responderme. Seis años después, la ausencia de mi madre era para mí todavía un espejismo, un silencio a gritos que aún no había aprendido a acallar con palabras.

Mi padre y yo vivíamos en un pequeño piso de la calle Santa Ana, junto a la plaza de la iglesia. El piso estaba situado justo encima de la librería especializada en ediciones de coleccionista y libros usados heredada de mi abuelo, un bazar encantado que mi padre confiaba en que algún día pasaría a mis manos. Me crié entre libros, haciendo amigos invisibles en páginas que se deshacían en polvo y cuyo olor aún conservo en las manos.

De niño aprendí a conciliar el sueño mientras le explicaba a mi madre en la penumbra de mi habitación las incidencias de la jornada, mis andanzas en el colegio, lo que había aprendido durante aquel día... No podía oír su voz o sentir su tacto, pero su luz y su calor ardían en cada rincón de aquella casa y yo, con la fe de todos los que todavía pueden contar sus años сon los dedos de las manos, creía que si cerraba los ojos y le hablaba, ella podría oírme desde donde estuviera. A veces, mi padre me escuchaba desde el comedor y lloraba a escondidas.

Recuerdo que aquel alba de junio me desperté gritando. El corazón me batía en el pecho como si el alma quisiera abrirse camino y echar a correr escaleras abajo. Mi padre acudió a mi habitación y me sostuvo en sus brazos, intentando calmarme.

– No puedo acordarme de su cara, no puedo acordarme de la cara de mamá – murmuré sin aliento.

Mi padre me abrazó con fuerza.

– No te preocupes, Daniel. Yo me acordaré por los dos. Nos miramos en la penumbra, buscando palabras que no existían. Aquélla fue la primera vez en que me di cuenta de que mi padre envejecía y de que sus ojos, ojos de niebla y de pérdida, siempre miraban atrás. Se incorporó y descorrió las cortinas para dejar entrar la tibia luz del alba.

– Anda, Daniel, vístete. Quiero enseñarte algo – dijo.

– ¿Ahora? ¿A las cinco de la mañana?

– Hay cosas que sólo pueden verse entre tinieblas – insinuó mi padre blandiendo su sonrisa enigmática que probablemente había tomado prestada de algún tomo de Alejandro Dumas.

¿Cómo era el ambiente durante el paseo del protagonista y su padre?

    1) 

Hacía frío porque se veía la respiración humana y el vapor.

    2) 

El sol ya había salido e iba calentando la ciudad.

    3) 

Había muchos incendios y todo estaba cubierto de ceniza.

    4) 

Hacía un calor de pleno verano.

Прочитайте текст и выполните задания А15–А21. В каждом задании укажите номер выбранного Вами варианта ответа.

Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados. Desgranaban los primeros días del verano de 1945 y caminábamos por las calles de una Barcelona atrapada bajo cielos de ceniza y un sol de vapor que se derramaba sobre la Rambla de Santa Mónica en una guirnalda de cobre líquido.

– Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie – advirtió mi padre –. Ni a tu amigo Tomás. A nadie.

– ¿Ni siquiera a mamá? – inquirí yo, a media voz.

Mi padre suspiró, amparado en aquella sonrisa triste que le perseguía como una sombra por la vida.

– Claro que sí – respondió cabizbajo –. Con ella no tenemos secretos. A ella puedes contárselo todo.

Poco después de la guerra civil, un brote de cólera se había llevado a mi madre. La enterramos en Montjuïc el día de mi cuarto cumpleaños. Sólo recuerdo que llovió todo el día y toda la noche, y que cuando le pregunté a mi padre si el cielo lloraba le faltó la voz para responderme. Seis años después, la ausencia de mi madre era para mí todavía un espejismo, un silencio a gritos que aún no había aprendido a acallar con palabras.

Mi padre y yo vivíamos en un pequeño piso de la calle Santa Ana, junto a la plaza de la iglesia. El piso estaba situado justo encima de la librería especializada en ediciones de coleccionista y libros usados heredada de mi abuelo, un bazar encantado que mi padre confiaba en que algún día pasaría a mis manos. Me crié entre libros, haciendo amigos invisibles en páginas que se deshacían en polvo y cuyo olor aún conservo en las manos.

De niño aprendí a conciliar el sueño mientras le explicaba a mi madre en la penumbra de mi habitación las incidencias de la jornada, mis andanzas en el colegio, lo que había aprendido durante aquel día... No podía oír su voz o sentir su tacto, pero su luz y su calor ardían en cada rincón de aquella casa y yo, con la fe de todos los que todavía pueden contar sus años сon los dedos de las manos, creía que si cerraba los ojos y le hablaba, ella podría oírme desde donde estuviera. A veces, mi padre me escuchaba desde el comedor y lloraba a escondidas.

Recuerdo que aquel alba de junio me desperté gritando. El corazón me batía en el pecho como si el alma quisiera abrirse camino y echar a correr escaleras abajo. Mi padre acudió a mi habitación y me sostuvo en sus brazos, intentando calmarme.

– No puedo acordarme de su cara, no puedo acordarme de la cara de mamá – murmuré sin aliento.

Mi padre me abrazó con fuerza.

– No te preocupes, Daniel. Yo me acordaré por los dos. Nos miramos en la penumbra, buscando palabras que no existían. Aquélla fue la primera vez en que me di cuenta de que mi padre envejecía y de que sus ojos, ojos de niebla y de pérdida, siempre miraban atrás. Se incorporó y descorrió las cortinas para dejar entrar la tibia luz del alba.

– Anda, Daniel, vístete. Quiero enseñarte algo – dijo.

– ¿Ahora? ¿A las cinco de la mañana?

– Hay cosas que sólo pueden verse entre tinieblas – insinuó mi padre blandiendo su sonrisa enigmática que probablemente había tomado prestada de algún tomo de Alejandro Dumas.

El padre del protagonista dijo que su hijo podía relatar lo que él iba a ver...

    1) 

a todos, menos a su amigo Tomás.

    2) 

a su amigo Tomás.

    3) 

a su madre.

    4) 

sólo a la gente de confianza.




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Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados. Desgranaban los primeros días del verano de 1945 y caminábamos por las calles de una Barcelona atrapada bajo cielos de ceniza y un sol de vapor que se derramaba sobre la Rambla de Santa Mónica en una guirnalda de cobre líquido.

– Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie – advirtió mi padre –. Ni a tu amigo Tomás. A nadie.

– ¿Ni siquiera a mamá? – inquirí yo, a media voz.

Mi padre suspiró, amparado en aquella sonrisa triste que le perseguía como una sombra por la vida.

– Claro que sí – respondió cabizbajo –. Con ella no tenemos secretos. A ella puedes contárselo todo.

Poco después de la guerra civil, un brote de cólera se había llevado a mi madre. La enterramos en Montjuïc el día de mi cuarto cumpleaños. Sólo recuerdo que llovió todo el día y toda la noche, y que cuando le pregunté a mi padre si el cielo lloraba le faltó la voz para responderme. Seis años después, la ausencia de mi madre era para mí todavía un espejismo, un silencio a gritos que aún no había aprendido a acallar con palabras.

Mi padre y yo vivíamos en un pequeño piso de la calle Santa Ana, junto a la plaza de la iglesia. El piso estaba situado justo encima de la librería especializada en ediciones de coleccionista y libros usados heredada de mi abuelo, un bazar encantado que mi padre confiaba en que algún día pasaría a mis manos. Me crié entre libros, haciendo amigos invisibles en páginas que se deshacían en polvo y cuyo olor aún conservo en las manos.

De niño aprendí a conciliar el sueño mientras le explicaba a mi madre en la penumbra de mi habitación las incidencias de la jornada, mis andanzas en el colegio, lo que había aprendido durante aquel día... No podía oír su voz o sentir su tacto, pero su luz y su calor ardían en cada rincón de aquella casa y yo, con la fe de todos los que todavía pueden contar sus años сon los dedos de las manos, creía que si cerraba los ojos y le hablaba, ella podría oírme desde donde estuviera. A veces, mi padre me escuchaba desde el comedor y lloraba a escondidas.

Recuerdo que aquel alba de junio me desperté gritando. El corazón me batía en el pecho como si el alma quisiera abrirse camino y echar a correr escaleras abajo. Mi padre acudió a mi habitación y me sostuvo en sus brazos, intentando calmarme.

– No puedo acordarme de su cara, no puedo acordarme de la cara de mamá – murmuré sin aliento.

Mi padre me abrazó con fuerza.

– No te preocupes, Daniel. Yo me acordaré por los dos. Nos miramos en la penumbra, buscando palabras que no existían. Aquélla fue la primera vez en que me di cuenta de que mi padre envejecía y de que sus ojos, ojos de niebla y de pérdida, siempre miraban atrás. Se incorporó y descorrió las cortinas para dejar entrar la tibia luz del alba.

– Anda, Daniel, vístete. Quiero enseñarte algo – dijo.

– ¿Ahora? ¿A las cinco de la mañana?

– Hay cosas que sólo pueden verse entre tinieblas – insinuó mi padre blandiendo su sonrisa enigmática que probablemente había tomado prestada de algún tomo de Alejandro Dumas.

Cuando Daniel le preguntó a su padre si el cielo lloraba, el padre...

    1) 

dejó la respuesta sin contestar.

    2) 

le contestó en voz muy baja.

    3) 

le dijo que lloraba por su madre.

    4) 

apenas le contestó.


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Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados. Desgranaban los primeros días del verano de 1945 y caminábamos por las calles de una Barcelona atrapada bajo cielos de ceniza y un sol de vapor que se derramaba sobre la Rambla de Santa Mónica en una guirnalda de cobre líquido.

– Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie – advirtió mi padre –. Ni a tu amigo Tomás. A nadie.

– ¿Ni siquiera a mamá? – inquirí yo, a media voz.

Mi padre suspiró, amparado en aquella sonrisa triste que le perseguía como una sombra por la vida.

– Claro que sí – respondió cabizbajo –. Con ella no tenemos secretos. A ella puedes contárselo todo.

Poco después de la guerra civil, un brote de cólera se había llevado a mi madre. La enterramos en Montjuïc el día de mi cuarto cumpleaños. Sólo recuerdo que llovió todo el día y toda la noche, y que cuando le pregunté a mi padre si el cielo lloraba le faltó la voz para responderme. Seis años después, la ausencia de mi madre era para mí todavía un espejismo, un silencio a gritos que aún no había aprendido a acallar con palabras.

Mi padre y yo vivíamos en un pequeño piso de la calle Santa Ana, junto a la plaza de la iglesia. El piso estaba situado justo encima de la librería especializada en ediciones de coleccionista y libros usados heredada de mi abuelo, un bazar encantado que mi padre confiaba en que algún día pasaría a mis manos. Me crié entre libros, haciendo amigos invisibles en páginas que se deshacían en polvo y cuyo olor aún conservo en las manos.

De niño aprendí a conciliar el sueño mientras le explicaba a mi madre en la penumbra de mi habitación las incidencias de la jornada, mis andanzas en el colegio, lo que había aprendido durante aquel día... No podía oír su voz o sentir su tacto, pero su luz y su calor ardían en cada rincón de aquella casa y yo, con la fe de todos los que todavía pueden contar sus años сon los dedos de las manos, creía que si cerraba los ojos y le hablaba, ella podría oírme desde donde estuviera. A veces, mi padre me escuchaba desde el comedor y lloraba a escondidas.

Recuerdo que aquel alba de junio me desperté gritando. El corazón me batía en el pecho como si el alma quisiera abrirse camino y echar a correr escaleras abajo. Mi padre acudió a mi habitación y me sostuvo en sus brazos, intentando calmarme.

– No puedo acordarme de su cara, no puedo acordarme de la cara de mamá – murmuré sin aliento.

Mi padre me abrazó con fuerza.

– No te preocupes, Daniel. Yo me acordaré por los dos. Nos miramos en la penumbra, buscando palabras que no existían. Aquélla fue la primera vez en que me di cuenta de que mi padre envejecía y de que sus ojos, ojos de niebla y de pérdida, siempre miraban atrás. Se incorporó y descorrió las cortinas para dejar entrar la tibia luz del alba.

– Anda, Daniel, vístete. Quiero enseñarte algo – dijo.

– ¿Ahora? ¿A las cinco de la mañana?

– Hay cosas que sólo pueden verse entre tinieblas – insinuó mi padre blandiendo su sonrisa enigmática que probablemente había tomado prestada de algún tomo de Alejandro Dumas.

Seis años después del entierro de la madre Daniel...

    1) 

aprendió a vivir tranquilamente sin su madre.

    2) 

olvidό a su madre.

    3) 

se fue a vivir con su padre a otra ciudad.

    4) 

todavía echaba de menos a su madre.


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Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados. Desgranaban los primeros días del verano de 1945 y caminábamos por las calles de una Barcelona atrapada bajo cielos de ceniza y un sol de vapor que se derramaba sobre la Rambla de Santa Mónica en una guirnalda de cobre líquido.

– Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie – advirtió mi padre –. Ni a tu amigo Tomás. A nadie.

– ¿Ni siquiera a mamá? – inquirí yo, a media voz.

Mi padre suspiró, amparado en aquella sonrisa triste que le perseguía como una sombra por la vida.

– Claro que sí – respondió cabizbajo –. Con ella no tenemos secretos. A ella puedes contárselo todo.

Poco después de la guerra civil, un brote de cólera se había llevado a mi madre. La enterramos en Montjuïc el día de mi cuarto cumpleaños. Sólo recuerdo que llovió todo el día y toda la noche, y que cuando le pregunté a mi padre si el cielo lloraba le faltó la voz para responderme. Seis años después, la ausencia de mi madre era para mí todavía un espejismo, un silencio a gritos que aún no había aprendido a acallar con palabras.

Mi padre y yo vivíamos en un pequeño piso de la calle Santa Ana, junto a la plaza de la iglesia. El piso estaba situado justo encima de la librería especializada en ediciones de coleccionista y libros usados heredada de mi abuelo, un bazar encantado que mi padre confiaba en que algún día pasaría a mis manos. Me crié entre libros, haciendo amigos invisibles en páginas que se deshacían en polvo y cuyo olor aún conservo en las manos.

De niño aprendí a conciliar el sueño mientras le explicaba a mi madre en la penumbra de mi habitación las incidencias de la jornada, mis andanzas en el colegio, lo que había aprendido durante aquel día... No podía oír su voz o sentir su tacto, pero su luz y su calor ardían en cada rincón de aquella casa y yo, con la fe de todos los que todavía pueden contar sus años сon los dedos de las manos, creía que si cerraba los ojos y le hablaba, ella podría oírme desde donde estuviera. A veces, mi padre me escuchaba desde el comedor y lloraba a escondidas.

Recuerdo que aquel alba de junio me desperté gritando. El corazón me batía en el pecho como si el alma quisiera abrirse camino y echar a correr escaleras abajo. Mi padre acudió a mi habitación y me sostuvo en sus brazos, intentando calmarme.

– No puedo acordarme de su cara, no puedo acordarme de la cara de mamá – murmuré sin aliento.

Mi padre me abrazó con fuerza.

– No te preocupes, Daniel. Yo me acordaré por los dos. Nos miramos en la penumbra, buscando palabras que no existían. Aquélla fue la primera vez en que me di cuenta de que mi padre envejecía y de que sus ojos, ojos de niebla y de pérdida, siempre miraban atrás. Se incorporó y descorrió las cortinas para dejar entrar la tibia luz del alba.

– Anda, Daniel, vístete. Quiero enseñarte algo – dijo.

– ¿Ahora? ¿A las cinco de la mañana?

– Hay cosas que sólo pueden verse entre tinieblas – insinuó mi padre blandiendo su sonrisa enigmática que probablemente había tomado prestada de algún tomo de Alejandro Dumas.

¿En qué se especializaba la tienda del padre de Daniel?

    1) 

En herencias personales.

    2) 

En libros antiguos y de segunda mano.

    3) 

En libros recién editados.

    4) 

En artículos de coleccionismo.


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Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados. Desgranaban los primeros días del verano de 1945 y caminábamos por las calles de una Barcelona atrapada bajo cielos de ceniza y un sol de vapor que se derramaba sobre la Rambla de Santa Mónica en una guirnalda de cobre líquido.

– Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie – advirtió mi padre –. Ni a tu amigo Tomás. A nadie.

– ¿Ni siquiera a mamá? – inquirí yo, a media voz.

Mi padre suspiró, amparado en aquella sonrisa triste que le perseguía como una sombra por la vida.

– Claro que sí – respondió cabizbajo –. Con ella no tenemos secretos. A ella puedes contárselo todo.

Poco después de la guerra civil, un brote de cólera se había llevado a mi madre. La enterramos en Montjuïc el día de mi cuarto cumpleaños. Sólo recuerdo que llovió todo el día y toda la noche, y que cuando le pregunté a mi padre si el cielo lloraba le faltó la voz para responderme. Seis años después, la ausencia de mi madre era para mí todavía un espejismo, un silencio a gritos que aún no había aprendido a acallar con palabras.

Mi padre y yo vivíamos en un pequeño piso de la calle Santa Ana, junto a la plaza de la iglesia. El piso estaba situado justo encima de la librería especializada en ediciones de coleccionista y libros usados heredada de mi abuelo, un bazar encantado que mi padre confiaba en que algún día pasaría a mis manos. Me crié entre libros, haciendo amigos invisibles en páginas que se deshacían en polvo y cuyo olor aún conservo en las manos.

De niño aprendí a conciliar el sueño mientras le explicaba a mi madre en la penumbra de mi habitación las incidencias de la jornada, mis andanzas en el colegio, lo que había aprendido durante aquel día... No podía oír su voz o sentir su tacto, pero su luz y su calor ardían en cada rincón de aquella casa y yo, con la fe de todos los que todavía pueden contar sus años сon los dedos de las manos, creía que si cerraba los ojos y le hablaba, ella podría oírme desde donde estuviera. A veces, mi padre me escuchaba desde el comedor y lloraba a escondidas.

Recuerdo que aquel alba de junio me desperté gritando. El corazón me batía en el pecho como si el alma quisiera abrirse camino y echar a correr escaleras abajo. Mi padre acudió a mi habitación y me sostuvo en sus brazos, intentando calmarme.

– No puedo acordarme de su cara, no puedo acordarme de la cara de mamá – murmuré sin aliento.

Mi padre me abrazó con fuerza.

– No te preocupes, Daniel. Yo me acordaré por los dos. Nos miramos en la penumbra, buscando palabras que no existían. Aquélla fue la primera vez en que me di cuenta de que mi padre envejecía y de que sus ojos, ojos de niebla y de pérdida, siempre miraban atrás. Se incorporó y descorrió las cortinas para dejar entrar la tibia luz del alba.

– Anda, Daniel, vístete. Quiero enseñarte algo – dijo.

– ¿Ahora? ¿A las cinco de la mañana?

– Hay cosas que sólo pueden verse entre tinieblas – insinuó mi padre blandiendo su sonrisa enigmática que probablemente había tomado prestada de algún tomo de Alejandro Dumas.

¿Qué pasó cuando un día Daniel no se acordó de la cara de su mamá?

    1) 

Se levantó de la cama y corrió para hablar con su padre.

    2) 

Se dio cuenta de que su padre sólo vivía en los recuerdos del pasado.

    3) 

Entendió que su padre estaba viejo y tampoco se acordaba de la cara de mamá.

    4) 

El niño llamó a su padre, pero aquél no vino a consolarlo.


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Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados. Desgranaban los primeros días del verano de 1945 y caminábamos por las calles de una Barcelona atrapada bajo cielos de ceniza y un sol de vapor que se derramaba sobre la Rambla de Santa Mónica en una guirnalda de cobre líquido.

– Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie – advirtió mi padre –. Ni a tu amigo Tomás. A nadie.

– ¿Ni siquiera a mamá? – inquirí yo, a media voz.

Mi padre suspiró, amparado en aquella sonrisa triste que le perseguía como una sombra por la vida.

– Claro que sí – respondió cabizbajo –. Con ella no tenemos secretos. A ella puedes contárselo todo.

Poco después de la guerra civil, un brote de cólera se había llevado a mi madre. La enterramos en Montjuïc el día de mi cuarto cumpleaños. Sólo recuerdo que llovió todo el día y toda la noche, y que cuando le pregunté a mi padre si el cielo lloraba le faltó la voz para responderme. Seis años después, la ausencia de mi madre era para mí todavía un espejismo, un silencio a gritos que aún no había aprendido a acallar con palabras.

Mi padre y yo vivíamos en un pequeño piso de la calle Santa Ana, junto a la plaza de la iglesia. El piso estaba situado justo encima de la librería especializada en ediciones de coleccionista y libros usados heredada de mi abuelo, un bazar encantado que mi padre confiaba en que algún día pasaría a mis manos. Me crié entre libros, haciendo amigos invisibles en páginas que se deshacían en polvo y cuyo olor aún conservo en las manos.

De niño aprendí a conciliar el sueño mientras le explicaba a mi madre en la penumbra de mi habitación las incidencias de la jornada, mis andanzas en el colegio, lo que había aprendido durante aquel día... No podía oír su voz o sentir su tacto, pero su luz y su calor ardían en cada rincón de aquella casa y yo, con la fe de todos los que todavía pueden contar sus años сon los dedos de las manos, creía que si cerraba los ojos y le hablaba, ella podría oírme desde donde estuviera. A veces, mi padre me escuchaba desde el comedor y lloraba a escondidas.

Recuerdo que aquel alba de junio me desperté gritando. El corazón me batía en el pecho como si el alma quisiera abrirse camino y echar a correr escaleras abajo. Mi padre acudió a mi habitación y me sostuvo en sus brazos, intentando calmarme.

– No puedo acordarme de su cara, no puedo acordarme de la cara de mamá – murmuré sin aliento.

Mi padre me abrazó con fuerza.

– No te preocupes, Daniel. Yo me acordaré por los dos. Nos miramos en la penumbra, buscando palabras que no existían. Aquélla fue la primera vez en que me di cuenta de que mi padre envejecía y de que sus ojos, ojos de niebla y de pérdida, siempre miraban atrás. Se incorporó y descorrió las cortinas para dejar entrar la tibia luz del alba.

– Anda, Daniel, vístete. Quiero enseñarte algo – dijo.

– ¿Ahora? ¿A las cinco de la mañana?

– Hay cosas que sólo pueden verse entre tinieblas – insinuó mi padre blandiendo su sonrisa enigmática que probablemente había tomado prestada de algún tomo de Alejandro Dumas.

Según Daniel, la sonrisa de su padre era...

    1) 

parecida a la de Alejandro Dumas.

    2) 

triste porque echaba de menos a su esposa.

    3) 

misteriosa y provenía de los libros de aventuras.

    4) 

una sonrisa cansada de un hombre anciano y amargado.


Установите соответствие между заголовками 1

и текстами A
G. Занесите свои ответы в таблицу. Используйте каждую цифрутолько один раз. В задании один заголовок лишний.

1. 

Abren salas nocturnas

2. 

Plurilingüismo desde la escuela

3. 

Universidades en crisis

4. 

Alumnos desde lejos

   
5. 

Difícil regreso a las aulas

6. 

Problemas sin resolver

7. 

Escuelas del futuro

8. 

Redes para estudiantes

A. 

Ocho nuevos colegios impartirán, con carácter experimental, una segunda lengua extranjera en el tercer ciclo de Educación Primaria, serán ya en total 140 colegios. Otros cuatro comenzarán a impartir una tercera lengua extranjera. La implantación de una tercera lengua tiene como objetivo principal ofrecer al alumnado la posibilidad de desarrollar su competencia lingüística, facilitando la comunicación entre la ciudadanía europea.

B. 

Los alumnos extranjeros de enseñanzas no universitarias fueron casi 750.000 el curso pasado. Cataluña y Madrid resultaron, en términos absolutos, las dos comunidades con mayor número de alumnos originarios de otros países. El menor número de inmigrantes se concentró en las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, así como las comunidades de Extremadura y Asturias. En cuanto a la nacionalidad de origen, la mayoría procedía de América del Sur y Central.

C. 

Las universidades de Estados Unidos están trabajando con empresas de tecnología para crear sus propias redes sociales en Internet y en Facebook e integrarlas en la vida universitaria con el fin de impulsar las admisiones y de conservar a los estudiantes. Estas aplicaciones son gratis para los usuarios, pero el potencial generará grandes beneficios en el futuro a medida que crezcan las posibilidades y el uso.

D. 

Los exámenes están a punto de comenzar y buscar un lugar aislado acústicamente, con ambiente de estudio y fresquito se ha convertido en el objetivo principal de los universitarios. La Universidad de Alicante ha abierto varias aulas nocturnas. Los que quieran estudiar toda la noche pueden hacerlo en la planta primera de la biblioteca, que está abierta durante todo el año. Bancaja y la CAM también se han sumado a la iniciativa.

E. 

Los que llevamos muchos años trabajando en la escuela pública y en el medio rural esperamos una escuela donde lo importante sean las personas; donde se apoye al alumnado; donde se inviertаn recursos humanos y materiales conforme con las necesidades educativas; donde se abran cauces para conocer el pensar y el sentir antes de tomar decisiones o poner en marcha programas pilotos; donde se oferte una auténtica enseñanza pública, laica y gratuita para todos los niños.

F. 

Después de unas vacaciones en Navidad, los estudiantes universitarios se preparan para afrontar el comienzo de nuevo semestre. Para algunos no será demasiado complicado. Pero para otros es bastante duro. Un sector importante de los estudiantes universitarios sufre un estado de nerviosismo. Durante esa época aumenta el consumo de vitaminas que ayuden al estudiante a comenzar sus estudios en las mejores condiciones posibles.

G. 

Las universidades corporativas tratan de desarrollar la carrera de sus empleados y difundir la cultura empresarial con más agilidad. Para conseguirlo deben personalizar la enseñanza, y también tener en nómina a los mejores profesionales del mercado para poder competir; aunque muchas de ellas estén reduciendo sus inversiones en la formación de sus plantillas como consecuencia de la crisis.


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F частями предложений, обозначенными цифрами 1
7
Одна из частей в списке 1
7 лишняя
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Cristóbal Colón

A finales del siglo XV, España y Portugal luchaban por el control de los mares del mundo. De un mundo algo reducido, ya que sólo en 1487 los portugueses habían logrado atravesar el extremo sur de África y nadie sabía lo A__________ de las Azores. Cristóbal Colón quería averiguarlo y, tras consultar a astrónomos, marinos y matemáticos dedujo B__________, dibujando su propio mapamundi para presentarlo a las monarquías europeas y convencerlas de que había un camino más corto hacia la tierra de las especias.

El 3 de agosto de 1492 tres carabelas, con 90 hombres a bordo, partieron del Puerto de Palos en dirección Suroeste. Aún hoy asombra el valor que demostraron estos 90 marinos, C__________ desconocidos durante un tiempo indefinido. Y aunque la ruta seguida se mostró como la acertada, Colón erró al considerar la esfericidad del planeta un 20% menor a la real, demostrándose en que las provisiones desaparecieron mucho antes de lo previsto y en que el hambre, la sed y la enfermedad se apoderaron de la tripulación. La situación llegó a tal extremo, que Colón tuvo D__________, hasta que el 12 de octubre, el grumete Rodrigo de Triana gritó: “¡Tierra a la vista!”

La primera isla en la que desembarcaron fue la de Guanahani, a la que se rebautizó como San Salvador. Durante los tres meses siguientes exploraron la zona y sólo el hallazgo de oro en La Española otorgó algo de éxito a la expedición, E__________ colonia europea en América.

Tal error motivó el desprestigio sucesivo del ya nombrado almirante, F__________ en dos viajes posteriores, pero ya alejado del beneplácito real. La Historia le devolvería con creces la fama arrebatada.

 

  
1. 

que sortear diversos intentos de motín

 

2. 

realizando la primera expedición a

 

3. 

encaminados a navegar por mares

 

4. 

que la Tierra era esférica

 

5. 

que se encontraba más allá

 

6. 

quien regresaría a las Américas

 

7. 

motivando el establecimiento de la primera

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