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Прочитайте текст и выполните задания А15 – А21. В каждом задании укажите номер выбранного Вами варианта ответа.

Mi hermano mayor me despertó a medianoche para revelarme el siguiente secreto:

– Dentro de poco te dirán que los Reyes Magos son los padres. Se lo dicen a todo el mundo al cumplir tu edad. No te lo creas. Los Reyes existen, pero como los mayores no saben el modo de explicar su existencia, dicen eso, que son los padres.

Mi hermano dormía en la cama de al lado. Nuestra relación no era ni buena ni mala, así que a veces nos llevábamos bien y a veces mal. Pero éramos cómplices de muchas cosas. Fumamos el primer cigarrillo juntos; hurtamos juntos también las primeras monedas del bolsillo de la chaqueta de mi padre; él me hacía los deberes de matemáticas y yo los de lengua … Dependíamos el uno del otro, en fin, en demasiadas cosas. Como decía aquél, dos que han robado caballos juntos están condenados a protegerse. La protección pasaba por hacernos este tipo de confidencias sobre las verdades básicas de la vida. Si los Reyes existían y él lo había averiguado, era mejor que yo lo supiera, por duro que resultara para mí.

Lo cierto es que yo ya había oído en el colegio rumores acerca de que Melchor, Gaspar y Baltasar eran los padres. Pero no les había prestado atención. Lo que no podía imaginarme era que los rumores procedieran de los adultos. Si ya les tenía poco respeto, lo perdieron del todo tras la revelación de mi hermano mayor.

En efecto, ese mismo año, cuando nos dieron las vacaciones de Navidad, mi madre me llamó un día y empezó a preguntarme qué pensaba yo de los Reyes Magos.

Le dije que les tenía en gran consideración (no de este modo, claro, no era un niño cursi), aunque no siempre me trajeran lo que les pedía, pues me hacía cargo de que había en el mundo muchos niños y que no podían complacer a todos. Mamá se quedó desconcertada, ya que lo normal, cuando a un chico se le quita la venda de los ojos en este asunto, es que el chico esté ya al cabo de la calle. Creo que estuvo a punto de desistir, pero finalmente tomó aire y me dijo que los Reyes Magos eran los padres.

– Se trata – añadió – de una mentira que mantenemos durante la infancia, porque la infancia es una época de ilusiones fantásticas, pero tú ya no tienes edad para creer en los Reyes.

Mi hermano me había aconsejado que cuando me contaran la mentira de que los Reyes eran los padres, fingiera que me lo creía, pues de lo contrario les parecería un chico raro y me llevarían al psicólogo.

Hice, pues, como que me lo creía y me fui a mi cuarto a escribir la carta a los Reyes, una carta, por primera vez, clandestina. Ese año, habida cuenta de que ya era un chico mayor y que me hacía cargo de la situación mundial, que era un desastre, les pedí cosas más razonables que en otras ocasiones. Mi hermano puso mi carta en el mismo sobre que la suya y se encargó de echarlas al correo. Curiosamente, ése fue el primer año que me trajeron todo lo que les pedí.

Tuve la suerte de mantener esa ilusión durante mucho tiempo. Si he de ser sincero, no recuerdo exactamente la edad en la que dejé de creer en los Reyes Magos, quizá cuando falleció mi hermano y en su funeral recordé esta historia fantástica que no sé cómo se le pudo ocurrir. Aunque también es cierto que una vez instalado en el mundo de los adultos comprobé que mentían tanto y de manera tan gratuita, que no sería raro que mi hermano llevara razón y que también hubieran mentido en esto. Este año, como todos desde aquella época, les escribí una carta clandestina (en mi casa ya no creen en los Reyes ni mis hijos) y me han traído de nuevo todo lo que les pedí.

¿Qué era lo que unía a los hermanos?

    1) 

Se llevaban mal con los padres.

    2) 

Los unía una amistad grande.

    3) 

Paseaban juntos a caballo.

    4) 

Eran copartícipes en diferentes situaciones.



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Mi hermano mayor me despertó a medianoche para revelarme el siguiente secreto:

– Dentro de poco te dirán que los Reyes Magos son los padres. Se lo dicen a todo el mundo al cumplir tu edad. No te lo creas. Los Reyes existen, pero como los mayores no saben el modo de explicar su existencia, dicen eso, que son los padres.

Mi hermano dormía en la cama de al lado. Nuestra relación no era ni buena ni mala, así que a veces nos llevábamos bien y a veces mal. Pero éramos cómplices de muchas cosas. Fumamos el primer cigarrillo juntos; hurtamos juntos también las primeras monedas del bolsillo de la chaqueta de mi padre; él me hacía los deberes de matemáticas y yo los de lengua … Dependíamos el uno del otro, en fin, en demasiadas cosas. Como decía aquél, dos que han robado caballos juntos están condenados a protegerse. La protección pasaba por hacernos este tipo de confidencias sobre las verdades básicas de la vida. Si los Reyes existían y él lo había averiguado, era mejor que yo lo supiera, por duro que resultara para mí.

Lo cierto es que yo ya había oído en el colegio rumores acerca de que Melchor, Gaspar y Baltasar eran los padres. Pero no les había prestado atención. Lo que no podía imaginarme era que los rumores procedieran de los adultos. Si ya les tenía poco respeto, lo perdieron del todo tras la revelación de mi hermano mayor.

En efecto, ese mismo año, cuando nos dieron las vacaciones de Navidad, mi madre me llamó un día y empezó a preguntarme qué pensaba yo de los Reyes Magos.

Le dije que les tenía en gran consideración (no de este modo, claro, no era un niño cursi), aunque no siempre me trajeran lo que les pedía, pues me hacía cargo de que había en el mundo muchos niños y que no podían complacer a todos. Mamá se quedó desconcertada, ya que lo normal, cuando a un chico se le quita la venda de los ojos en este asunto, es que el chico esté ya al cabo de la calle. Creo que estuvo a punto de desistir, pero finalmente tomó aire y me dijo que los Reyes Magos eran los padres.

– Se trata – añadió – de una mentira que mantenemos durante la infancia, porque la infancia es una época de ilusiones fantásticas, pero tú ya no tienes edad para creer en los Reyes.

Mi hermano me había aconsejado que cuando me contaran la mentira de que los Reyes eran los padres, fingiera que me lo creía, pues de lo contrario les parecería un chico raro y me llevarían al psicólogo.

Hice, pues, como que me lo creía y me fui a mi cuarto a escribir la carta a los Reyes, una carta, por primera vez, clandestina. Ese año, habida cuenta de que ya era un chico mayor y que me hacía cargo de la situación mundial, que era un desastre, les pedí cosas más razonables que en otras ocasiones. Mi hermano puso mi carta en el mismo sobre que la suya y se encargó de echarlas al correo. Curiosamente, ése fue el primer año que me trajeron todo lo que les pedí.

Tuve la suerte de mantener esa ilusión durante mucho tiempo. Si he de ser sincero, no recuerdo exactamente la edad en la que dejé de creer en los Reyes Magos, quizá cuando falleció mi hermano y en su funeral recordé esta historia fantástica que no sé cómo se le pudo ocurrir. Aunque también es cierto que una vez instalado en el mundo de los adultos comprobé que mentían tanto y de manera tan gratuita, que no sería raro que mi hermano llevara razón y que también hubieran mentido en esto. Este año, como todos desde aquella época, les escribí una carta clandestina (en mi casa ya no creen en los Reyes ni mis hijos) y me han traído de nuevo todo lo que les pedí.

En el texto se dice que las relaciones entre el protagonista y su hermano …

    1) 

les permitían hablar de cosas secretas.

    2) 

los hacían mantenerse siempre juntos.

    3) 

les ayudaban a defenderse de otros chicos.

    4) 

los obligaban a desconfiar uno del otro.

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Mi hermano mayor me despertó a medianoche para revelarme el siguiente secreto:

– Dentro de poco te dirán que los Reyes Magos son los padres. Se lo dicen a todo el mundo al cumplir tu edad. No te lo creas. Los Reyes existen, pero como los mayores no saben el modo de explicar su existencia, dicen eso, que son los padres.

Mi hermano dormía en la cama de al lado. Nuestra relación no era ni buena ni mala, así que a veces nos llevábamos bien y a veces mal. Pero éramos cómplices de muchas cosas. Fumamos el primer cigarrillo juntos; hurtamos juntos también las primeras monedas del bolsillo de la chaqueta de mi padre; él me hacía los deberes de matemáticas y yo los de lengua … Dependíamos el uno del otro, en fin, en demasiadas cosas. Como decía aquél, dos que han robado caballos juntos están condenados a protegerse. La protección pasaba por hacernos este tipo de confidencias sobre las verdades básicas de la vida. Si los Reyes existían y él lo había averiguado, era mejor que yo lo supiera, por duro que resultara para mí.

Lo cierto es que yo ya había oído en el colegio rumores acerca de que Melchor, Gaspar y Baltasar eran los padres. Pero no les había prestado atención. Lo que no podía imaginarme era que los rumores procedieran de los adultos. Si ya les tenía poco respeto, lo perdieron del todo tras la revelación de mi hermano mayor.

En efecto, ese mismo año, cuando nos dieron las vacaciones de Navidad, mi madre me llamó un día y empezó a preguntarme qué pensaba yo de los Reyes Magos.

Le dije que les tenía en gran consideración (no de este modo, claro, no era un niño cursi), aunque no siempre me trajeran lo que les pedía, pues me hacía cargo de que había en el mundo muchos niños y que no podían complacer a todos. Mamá se quedó desconcertada, ya que lo normal, cuando a un chico se le quita la venda de los ojos en este asunto, es que el chico esté ya al cabo de la calle. Creo que estuvo a punto de desistir, pero finalmente tomó aire y me dijo que los Reyes Magos eran los padres.

– Se trata – añadió – de una mentira que mantenemos durante la infancia, porque la infancia es una época de ilusiones fantásticas, pero tú ya no tienes edad para creer en los Reyes.

Mi hermano me había aconsejado que cuando me contaran la mentira de que los Reyes eran los padres, fingiera que me lo creía, pues de lo contrario les parecería un chico raro y me llevarían al psicólogo.

Hice, pues, como que me lo creía y me fui a mi cuarto a escribir la carta a los Reyes, una carta, por primera vez, clandestina. Ese año, habida cuenta de que ya era un chico mayor y que me hacía cargo de la situación mundial, que era un desastre, les pedí cosas más razonables que en otras ocasiones. Mi hermano puso mi carta en el mismo sobre que la suya y se encargó de echarlas al correo. Curiosamente, ése fue el primer año que me trajeron todo lo que les pedí.

Tuve la suerte de mantener esa ilusión durante mucho tiempo. Si he de ser sincero, no recuerdo exactamente la edad en la que dejé de creer en los Reyes Magos, quizá cuando falleció mi hermano y en su funeral recordé esta historia fantástica que no sé cómo se le pudo ocurrir. Aunque también es cierto que una vez instalado en el mundo de los adultos comprobé que mentían tanto y de manera tan gratuita, que no sería raro que mi hermano llevara razón y que también hubieran mentido en esto. Este año, como todos desde aquella época, les escribí una carta clandestina (en mi casa ya no creen en los Reyes ni mis hijos) y me han traído de nuevo todo lo que les pedí.

La expresión "les tenía en gran consideración" en el sexto párrafo se refiere a …

    1) 

los padres.

    2) 

los regalos navideños.

    3) 

los Reyes Magos.

    4) 

las vacaciones de Navidad.




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Mi hermano mayor me despertó a medianoche para revelarme el siguiente secreto:

– Dentro de poco te dirán que los Reyes Magos son los padres. Se lo dicen a todo el mundo al cumplir tu edad. No te lo creas. Los Reyes existen, pero como los mayores no saben el modo de explicar su existencia, dicen eso, que son los padres.

Mi hermano dormía en la cama de al lado. Nuestra relación no era ni buena ni mala, así que a veces nos llevábamos bien y a veces mal. Pero éramos cómplices de muchas cosas. Fumamos el primer cigarrillo juntos; hurtamos juntos también las primeras monedas del bolsillo de la chaqueta de mi padre; él me hacía los deberes de matemáticas y yo los de lengua … Dependíamos el uno del otro, en fin, en demasiadas cosas. Como decía aquél, dos que han robado caballos juntos están condenados a protegerse. La protección pasaba por hacernos este tipo de confidencias sobre las verdades básicas de la vida. Si los Reyes existían y él lo había averiguado, era mejor que yo lo supiera, por duro que resultara para mí.

Lo cierto es que yo ya había oído en el colegio rumores acerca de que Melchor, Gaspar y Baltasar eran los padres. Pero no les había prestado atención. Lo que no podía imaginarme era que los rumores procedieran de los adultos. Si ya les tenía poco respeto, lo perdieron del todo tras la revelación de mi hermano mayor.

En efecto, ese mismo año, cuando nos dieron las vacaciones de Navidad, mi madre me llamó un día y empezó a preguntarme qué pensaba yo de los Reyes Magos.

Le dije que les tenía en gran consideración (no de este modo, claro, no era un niño cursi), aunque no siempre me trajeran lo que les pedía, pues me hacía cargo de que había en el mundo muchos niños y que no podían complacer a todos. Mamá se quedó desconcertada, ya que lo normal, cuando a un chico se le quita la venda de los ojos en este asunto, es que el chico esté ya al cabo de la calle. Creo que estuvo a punto de desistir, pero finalmente tomó aire y me dijo que los Reyes Magos eran los padres.

– Se trata – añadió – de una mentira que mantenemos durante la infancia, porque la infancia es una época de ilusiones fantásticas, pero tú ya no tienes edad para creer en los Reyes.

Mi hermano me había aconsejado que cuando me contaran la mentira de que los Reyes eran los padres, fingiera que me lo creía, pues de lo contrario les parecería un chico raro y me llevarían al psicólogo.

Hice, pues, como que me lo creía y me fui a mi cuarto a escribir la carta a los Reyes, una carta, por primera vez, clandestina. Ese año, habida cuenta de que ya era un chico mayor y que me hacía cargo de la situación mundial, que era un desastre, les pedí cosas más razonables que en otras ocasiones. Mi hermano puso mi carta en el mismo sobre que la suya y se encargó de echarlas al correo. Curiosamente, ése fue el primer año que me trajeron todo lo que les pedí.

Tuve la suerte de mantener esa ilusión durante mucho tiempo. Si he de ser sincero, no recuerdo exactamente la edad en la que dejé de creer en los Reyes Magos, quizá cuando falleció mi hermano y en su funeral recordé esta historia fantástica que no sé cómo se le pudo ocurrir. Aunque también es cierto que una vez instalado en el mundo de los adultos comprobé que mentían tanto y de manera tan gratuita, que no sería raro que mi hermano llevara razón y que también hubieran mentido en esto. Este año, como todos desde aquella época, les escribí una carta clandestina (en mi casa ya no creen en los Reyes ni mis hijos) y me han traído de nuevo todo lo que les pedí.

 

¿Por qué el chico no confesó sus dudas acerca de los Reyes a la madre?

    1) 

Su hermano le había aconsejado que fingiera creer.

    2) 

Pensaba que no le regalarían lo que quería.

    3) 

Estaba acostumbrado a mentir a los padres.

    4) 

Le daba igual lo que le había dicho su madre.


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Mi hermano mayor me despertó a medianoche para revelarme el siguiente secreto:

– Dentro de poco te dirán que los Reyes Magos son los padres. Se lo dicen a todo el mundo al cumplir tu edad. No te lo creas. Los Reyes existen, pero como los mayores no saben el modo de explicar su existencia, dicen eso, que son los padres.

Mi hermano dormía en la cama de al lado. Nuestra relación no era ni buena ni mala, así que a veces nos llevábamos bien y a veces mal. Pero éramos cómplices de muchas cosas. Fumamos el primer cigarrillo juntos; hurtamos juntos también las primeras monedas del bolsillo de la chaqueta de mi padre; él me hacía los deberes de matemáticas y yo los de lengua … Dependíamos el uno del otro, en fin, en demasiadas cosas. Como decía aquél, dos que han robado caballos juntos están condenados a protegerse. La protección pasaba por hacernos este tipo de confidencias sobre las verdades básicas de la vida. Si los Reyes existían y él lo había averiguado, era mejor que yo lo supiera, por duro que resultara para mí.

Lo cierto es que yo ya había oído en el colegio rumores acerca de que Melchor, Gaspar y Baltasar eran los padres. Pero no les había prestado atención. Lo que no podía imaginarme era que los rumores procedieran de los adultos. Si ya les tenía poco respeto, lo perdieron del todo tras la revelación de mi hermano mayor.

En efecto, ese mismo año, cuando nos dieron las vacaciones de Navidad, mi madre me llamó un día y empezó a preguntarme qué pensaba yo de los Reyes Magos.

Le dije que les tenía en gran consideración (no de este modo, claro, no era un niño cursi), aunque no siempre me trajeran lo que les pedía, pues me hacía cargo de que había en el mundo muchos niños y que no podían complacer a todos. Mamá se quedó desconcertada, ya que lo normal, cuando a un chico se le quita la venda de los ojos en este asunto, es que el chico esté ya al cabo de la calle. Creo que estuvo a punto de desistir, pero finalmente tomó aire y me dijo que los Reyes Magos eran los padres.

– Se trata – añadió – de una mentira que mantenemos durante la infancia, porque la infancia es una época de ilusiones fantásticas, pero tú ya no tienes edad para creer en los Reyes.

Mi hermano me había aconsejado que cuando me contaran la mentira de que los Reyes eran los padres, fingiera que me lo creía, pues de lo contrario les parecería un chico raro y me llevarían al psicólogo.

Hice, pues, como que me lo creía y me fui a mi cuarto a escribir la carta a los Reyes, una carta, por primera vez, clandestina. Ese año, habida cuenta de que ya era un chico mayor y que me hacía cargo de la situación mundial, que era un desastre, les pedí cosas más razonables que en otras ocasiones. Mi hermano puso mi carta en el mismo sobre que la suya y se encargó de echarlas al correo. Curiosamente, ése fue el primer año que me trajeron todo lo que les pedí.

Tuve la suerte de mantener esa ilusión durante mucho tiempo. Si he de ser sincero, no recuerdo exactamente la edad en la que dejé de creer en los Reyes Magos, quizá cuando falleció mi hermano y en su funeral recordé esta historia fantástica que no sé cómo se le pudo ocurrir. Aunque también es cierto que una vez instalado en el mundo de los adultos comprobé que mentían tanto y de manera tan gratuita, que no sería raro que mi hermano llevara razón y que también hubieran mentido en esto. Este año, como todos desde aquella época, les escribí una carta clandestina (en mi casa ya no creen en los Reyes ni mis hijos) y me han traído de nuevo todo lo que les pedí.

 

Al muchacho le sorprendió muchísimo que aquel año …

    1) 

hubiera acabado por fin la crisis mundial.

    2) 

le hubieran regalado las cosas deseadas.

    3) 

los Reyes le hubieran enviado una carta.

    4) 

su hermano hubiera traído su carta a los Reyes.


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Mi hermano mayor me despertó a medianoche para revelarme el siguiente secreto:

– Dentro de poco te dirán que los Reyes Magos son los padres. Se lo dicen a todo el mundo al cumplir tu edad. No te lo creas. Los Reyes existen, pero como los mayores no saben el modo de explicar su existencia, dicen eso, que son los padres.

Mi hermano dormía en la cama de al lado. Nuestra relación no era ni buena ni mala, así que a veces nos llevábamos bien y a veces mal. Pero éramos cómplices de muchas cosas. Fumamos el primer cigarrillo juntos; hurtamos juntos también las primeras monedas del bolsillo de la chaqueta de mi padre; él me hacía los deberes de matemáticas y yo los de lengua … Dependíamos el uno del otro, en fin, en demasiadas cosas. Como decía aquél, dos que han robado caballos juntos están condenados a protegerse. La protección pasaba por hacernos este tipo de confidencias sobre las verdades básicas de la vida. Si los Reyes existían y él lo había averiguado, era mejor que yo lo supiera, por duro que resultara para mí.

Lo cierto es que yo ya había oído en el colegio rumores acerca de que Melchor, Gaspar y Baltasar eran los padres. Pero no les había prestado atención. Lo que no podía imaginarme era que los rumores procedieran de los adultos. Si ya les tenía poco respeto, lo perdieron del todo tras la revelación de mi hermano mayor.

En efecto, ese mismo año, cuando nos dieron las vacaciones de Navidad, mi madre me llamó un día y empezó a preguntarme qué pensaba yo de los Reyes Magos.

Le dije que les tenía en gran consideración (no de este modo, claro, no era un niño cursi), aunque no siempre me trajeran lo que les pedía, pues me hacía cargo de que había en el mundo muchos niños y que no podían complacer a todos. Mamá se quedó desconcertada, ya que lo normal, cuando a un chico se le quita la venda de los ojos en este asunto, es que el chico esté ya al cabo de la calle. Creo que estuvo a punto de desistir, pero finalmente tomó aire y me dijo que los Reyes Magos eran los padres.

– Se trata – añadió – de una mentira que mantenemos durante la infancia, porque la infancia es una época de ilusiones fantásticas, pero tú ya no tienes edad para creer en los Reyes.

Mi hermano me había aconsejado que cuando me contaran la mentira de que los Reyes eran los padres, fingiera que me lo creía, pues de lo contrario les parecería un chico raro y me llevarían al psicólogo.

Hice, pues, como que me lo creía y me fui a mi cuarto a escribir la carta a los Reyes, una carta, por primera vez, clandestina. Ese año, habida cuenta de que ya era un chico mayor y que me hacía cargo de la situación mundial, que era un desastre, les pedí cosas más razonables que en otras ocasiones. Mi hermano puso mi carta en el mismo sobre que la suya y se encargó de echarlas al correo. Curiosamente, ése fue el primer año que me trajeron todo lo que les pedí.

Tuve la suerte de mantener esa ilusión durante mucho tiempo. Si he de ser sincero, no recuerdo exactamente la edad en la que dejé de creer en los Reyes Magos, quizá cuando falleció mi hermano y en su funeral recordé esta historia fantástica que no sé cómo se le pudo ocurrir. Aunque también es cierto que una vez instalado en el mundo de los adultos comprobé que mentían tanto y de manera tan gratuita, que no sería raro que mi hermano llevara razón y que también hubieran mentido en esto. Este año, como todos desde aquella época, les escribí una carta clandestina (en mi casa ya no creen en los Reyes ni mis hijos) y me han traído de nuevo todo lo que les pedí.

 

El autor sigue escribiendo cartas a los Reyes porque …

    1) 

juró hacerlo durante el entierro del hermano.

    2) 

quería guardar la tradición mágica.

    3) 

quiere recibir regalos gratuitos de los Reyes.

    4) 

le da miedo descubrir la verdad a sus hijos.


Установите соответствие между заголовками 1–и текстами A–G. Занесите свои ответы в таблицу. Используйте каждую цифрутолько один раз. В задании один заголовок лишний.

1. 

Recurso para hacerse rico

2. 

Animales que ayudan

3. 

Cambio del ambiente

4. 

Cartas secretas

   
5. 

El pequeño genio

6. 

Buen juicio te da fuerza

7. 

Con la mano izquierda

8. 

Afición al lujo

A. 

Uno de los sobrevivientes de la tragedia de Los Andes, tras accidente del avión y dos meses de la vida en la montaña, consideró que una de las enseñanzas que le dejó la experiencia fue saber que no hay límites en la resistencia humana. Además apuntó al poder de la mente ante situaciones críticas, que sólo consigue resultados si se piensa en positivo, porque "cuando la mente entra en negativo, uno se pierde".

 

B. 

¿Por qué hay mucho menos zurdos que diestros? Las estadísticas nos muestran que los humanos "siniestros" comprenden el 10% de la población, hecho que desconcierta a los científicos. Un nuevo estudio sugiere que los zurdos son escasos por culpa del equilibrio entre cooperación y competición en la evolución humana. Rafa Nadal, el famoso tenista, es zurdo, así como el delantero de la selección española de fútbol David Villa.

 

C. 

Nadie se creería que tiene dos años y nueve meses de edad. Mientras sus compañeros de clase cantan canciones,  este pequeño canadiense ya habla tres idiomas (inglés, español y un poco de rumano), sabe leer frases completas de libros, recita el alfabeto en orden correcto e inverso, cuenta hasta mil, sabe los planetas del sistema solar y sabe resolver puzzles de 70 piezas. En otras palabras, es uno de los bebés más inteligentes de Norteamérica.

 

D. 

A veces una idea inesperada puede darnos los mejores resultados de nuestra vida. A un hombre se le ocurrió sumergirse en el estanque de un campo de golf, y vio el modo de convertirse en multimillonario en solo 10 años. Contactó con el gerente de un campo de golf y le propuso un negocio beneficiado para los dos. Se sumergía y sacaba las pelotas del estanque y se las revendía por el módico precio. A los 50 años se retiró a vivir sin tener que trabajar más.

 

E. 

Despertarte una mañana y encontrar que tu pueblo está cubierto por una sábana blanca puede parecer una imagen muy bonita, salvo que la sábana la hayan tejido miles de arañas, tratando de huir de unas inundaciones que afectan a su hábitat. Eso es lo que pasó en un pueblo de la provincia australiana de Gales. Las riadas obligaron a las arañas a buscar refugio en zonas más secas. Esta especie no teje sus telas para cazar, sino que para recorrer largas distancias.

 

F. 

La zarina Isabel I de Rusia consiguió que su corte fuera la más esplendorosa de su tiempo y sus bailes reconocidos por toda Europa. En ellos se usaban los vestidos más elegantes y la propia zarina establecía cómo debían vestir los cortesanos. La monarca rusa tenía miles de zapatos y un enorme número de complementos. Su colección de medias de seda estaba al nivel de su colección de zapatos. Era habitual que Isabel se cambiase de ropa varias veces al día.

 

G. 

Los mensajes de Felipe II se ocultaban utilizando tinta invisible. La técnica consistía en el vitriolo mezclado con agua, con el que se escribía el mensaje y después se escribía el texto visible usando carbón con agua. Es obvio que capturar a un espía con un papel en blanco despertaría sospechas. En cambio, capturarlo con un escrito sin importancia no hacía recelar. Así, el texto de carbón efectúa de “despiste” y el verdadero contenido permanece oculto.

 


Прочитайте текст и заполните пропуски A–F частями предложений, обозначенными цифрами 1–7Одна из частей в списке 1–7 лишняя. Занесите цифры, обозначающие соответствующие части предложений, в таблицу.

Ciudad multicultural

Melilla, uno de los dos enclaves españoles, junto con Ceuta, situados en el norte de África, es una ciudad pequeña, de apenas 14 kilómetros cuadrados, pero A__________ de sus habitantes, de cuatro religiones diferentes, y de sus 510 años ligada a la historia de España.

La página web de la ciudad recuerda que Melilla fue española 18 años antes que el Reino de Navarra, 162 años antes de que el Rosellón fuera francés y 279 años antes de B__________.

Éste es el mensaje que encabeza la web de la Ciudad Autónoma y con el que se pretende dejar clara una españolidad, en ocasiones cuestionada por las reivindicaciones que sobre ella ejerce Marruecos.

Esas reivindicaciones se repiten ahora con la visita de los Reyes, a C__________ España durante el reinado de los Reyes Católicos, en 1497, es decir, unos 460 antes de la constitución de Marruecos como país independiente en 1956.

Sin embargo, la verdadera expansión de la ciudad se produce en el siglo XIX, cuando la población comienza a crecer y Melilla se extiende más allá de las murallas que componen la vieja ciudadela. En el año 1862, se establece la superficie de Melilla a D__________, llamado 'Caminante', que fue disparado desde el Fuerte de la Victoria Chica.

Además de su españolidad, otro de los aspectos de los E__________ su ejemplar convivencia, ya que cristianos, musulmanes, judíos e hindúes impregnan sus calles de un ambiente multicultural y pacífico. En 1995 Melilla dio un paso importante en sus pretensiones autonomistas, ya F__________se aprueba su Estatuto y pasa a ser Ciudad Autónoma, aunque el objetivo de su política actual es la conversión en Comunidad Autónoma.

 

  
1. 

pesar de que Melilla se unió a

2. 

que fue precisamente ese año cuando

3. 

que presume de la convivencia ejemplar

4. 

partir del proyectil de un cañón

5. 

poner fin a los sucesivos cambios

6. 

que presume Melilla es de

7. 

que se constituyeran los EE.UU. de América

 

Прочитайте текст и выполните задания А15–А21. В каждом задании обведите цифру 123 или 4, соответствующую выбранному Вами варианту ответа.

En la esquina de López de Hoyos con Príncipe de Vergara había una pareja discutiendo. Ella lloraba y cuanto más lloraba ella, más agresivo se ponía él. Me acerqué con disimulo deteniéndome frente al escaparate de una tienda de muebles. Entonces la mujer dijo: "Pues si quieres, lo metemos en mi maletero".

No comprendí a qué se refería, pero la voz me sonó familiar y me di cuenta de que se trataba de la chica del telediario. Era un poco más delgada que en la pantalla y su voz tenía un registro agudo que en la televisión tampoco se advertía, pero no hay que olvidar que estaba excitada por el asunto del maletero. Entonces, él advirtió mi presencia y continuaron andando un poco más contenidos los dos.

Al día siguiente, cuando empezaron las noticias, me fijé en la chica y advertí que había llorado. Un espectador menos atento, o que no hubiera asistido a la pelea del día anterior, no se habría dado cuenta, porque el maquillaje era perfecto. Lo más probable era que se hubiera puesto colirio también, para iluminar un poco la pupila. Pero se percibía en el fondo de los ojos un poso de cansancio. Me dio lástima, la verdad.

Durante los siguientes días la observé con atención y comprendí que las cosas entre la chica y el hombre no iban mejor. Tenía mala cara, pese al maquillaje, y no llevaba el pelo tan arreglado como era habitual. Si yo fuese su padre, pensé, hablaría con el hombre ese que le daba tantos disgustos. Y le exigiría que utilizara su propio maletero.

No es raro que estas mujeres que salen en la tele acaben liadas con individuos malos, que se aprovechan de su fama. Por otra parte, hay gente que lleva los maleteros llenos de cadáveres. Recé para que la pobre no estuviera implicada en un crimen. En esto, me dio la impresión de que entre noticia y noticia la chica hacía con la boca un gesto como de pedir socorro.
Durante toda la semana me estuve fijando con detenimiento en cada una de sus expresiones y llegué a la conclusión de que pedía auxilio, sin ningún género de dudas. No sabía qué hacer. Podía llamar a la emisora de televisión, pero quizá tampoco me creyeran.

Esa tarde, me presenté en la misma esquina a la misma hora en que los había encontrado la vez anterior. Pensé que quizá la chica viviera por allí y tuviera la suerte de encontrármela. Esperé un cuarto de hora sin que apareciera nadie y, ya resignado, fui dando un paseo hasta el Vips para tomarme una botella de agua mineral. Me senté a la barra, encendí un cigarrillo y al darme la vuelta para echarle un ojo al panorama, los vi sentados a una mesa cercana. Ella llevaba gafas de sol, pese a la oscuridad reinante, lo que era signo evidente de que había vuelto a llorar. De súbito, sin embargo, soltó una carcajada. Algunos clientes se volvieron porque no se trataba de una carcajada normal. Quizá estaba intentando llamar la atención. Esperé un poco y al ver que ella se levantaba para ir al servicio me acerqué a la mesa y abordé al hombre: "Escúchame bien, porque no te lo voy a decir más que una vez, imbécil: si sigues haciendo sufrir a esa chica, vas a encontrarte con problemas. Conozco a mucha gente en la policía, quizá yo mismo sea policía. Y otra cosa: cuando tengas que esconder un muerto, hazlo en el maletero de tu propio coche".

Comprendí por su expresión que había dado en el clavo y salí a la calle antes de que ella volviera del servicio. Al día siguiente, vi el telediario con atención y me di cuenta de que la chica tenía una mirada especial, como si intentara darme las gracias.

 

¿Qué llamó la atención del narrador en la calle?

    1) 

Un hombre que arrebató a una mujer su maleta.

    2) 

El escaparate de una tienda de muebles.

    3) 

Una pantalla en que mostraban telediarios.

    4) 

La riña entre un hombre y una mujer.


Прочитайте текст и выполните задания А15–А21. В каждом задании обведите цифру 123 или 4, соответствующую выбранному Вами варианту ответа.

En la esquina de López de Hoyos con Príncipe de Vergara había una pareja discutiendo. Ella lloraba y cuanto más lloraba ella, más agresivo se ponía él. Me acerqué con disimulo deteniéndome frente al escaparate de una tienda de muebles. Entonces la mujer dijo: "Pues si quieres, lo metemos en mi maletero".

No comprendí a qué se refería, pero la voz me sonó familiar y me di cuenta de que se trataba de la chica del telediario. Era un poco más delgada que en la pantalla y su voz tenía un registro agudo que en la televisión tampoco se advertía, pero no hay que olvidar que estaba excitada por el asunto del maletero. Entonces, él advirtió mi presencia y continuaron andando un poco más contenidos los dos.

Al día siguiente, cuando empezaron las noticias, me fijé en la chica y advertí que había llorado. Un espectador menos atento, o que no hubiera asistido a la pelea del día anterior, no se habría dado cuenta, porque el maquillaje era perfecto. Lo más probable era que se hubiera puesto colirio también, para iluminar un poco la pupila. Pero se percibía en el fondo de los ojos un poso de cansancio. Me dio lástima, la verdad.

Durante los siguientes días la observé con atención y comprendí que las cosas entre la chica y el hombre no iban mejor. Tenía mala cara, pese al maquillaje, y no llevaba el pelo tan arreglado como era habitual. Si yo fuese su padre, pensé, hablaría con el hombre ese que le daba tantos disgustos. Y le exigiría que utilizara su propio maletero.

No es raro que estas mujeres que salen en la tele acaben liadas con individuos malos, que se aprovechan de su fama. Por otra parte, hay gente que lleva los maleteros llenos de cadáveres. Recé para que la pobre no estuviera implicada en un crimen. En esto, me dio la impresión de que entre noticia y noticia la chica hacía con la boca un gesto como de pedir socorro.
Durante toda la semana me estuve fijando con detenimiento en cada una de sus expresiones y llegué a la conclusión de que pedía auxilio, sin ningún género de dudas. No sabía qué hacer. Podía llamar a la emisora de televisión, pero quizá tampoco me creyeran.

Esa tarde, me presenté en la misma esquina a la misma hora en que los había encontrado la vez anterior. Pensé que quizá la chica viviera por allí y tuviera la suerte de encontrármela. Esperé un cuarto de hora sin que apareciera nadie y, ya resignado, fui dando un paseo hasta el Vips para tomarme una botella de agua mineral. Me senté a la barra, encendí un cigarrillo y al darme la vuelta para echarle un ojo al panorama, los vi sentados a una mesa cercana. Ella llevaba gafas de sol, pese a la oscuridad reinante, lo que era signo evidente de que había vuelto a llorar. De súbito, sin embargo, soltó una carcajada. Algunos clientes se volvieron porque no se trataba de una carcajada normal. Quizá estaba intentando llamar la atención. Esperé un poco y al ver que ella se levantaba para ir al servicio me acerqué a la mesa y abordé al hombre: "Escúchame bien, porque no te lo voy a decir más que una vez, imbécil: si sigues haciendo sufrir a esa chica, vas a encontrarte con problemas. Conozco a mucha gente en la policía, quizá yo mismo sea policía. Y otra cosa: cuando tengas que esconder un muerto, hazlo en el maletero de tu propio coche".

Comprendí por su expresión que había dado en el clavo y salí a la calle antes de que ella volviera del servicio. Al día siguiente, vi el telediario con atención y me di cuenta de que la chica tenía una mirada especial, como si intentara darme las gracias.

 

Viendo un telediario el narrador notó que la presentadora estaba …

    1) 

afligida.

    2) 

mal maquillada.

    3) 

llorando.

    4) 

semidormida.

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