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Прочитайте текст и выполните задания А15–А21. В каждом задании обведите цифру 123 или 4, соответствующую выбранному Вами варианту ответа.

En la esquina de López de Hoyos con Príncipe de Vergara había una pareja discutiendo. Ella lloraba y cuanto más lloraba ella, más agresivo se ponía él. Me acerqué con disimulo deteniéndome frente al escaparate de una tienda de muebles. Entonces la mujer dijo: "Pues si quieres, lo metemos en mi maletero".

No comprendí a qué se refería, pero la voz me sonó familiar y me di cuenta de que se trataba de la chica del telediario. Era un poco más delgada que en la pantalla y su voz tenía un registro agudo que en la televisión tampoco se advertía, pero no hay que olvidar que estaba excitada por el asunto del maletero. Entonces, él advirtió mi presencia y continuaron andando un poco más contenidos los dos.

Al día siguiente, cuando empezaron las noticias, me fijé en la chica y advertí que había llorado. Un espectador menos atento, o que no hubiera asistido a la pelea del día anterior, no se habría dado cuenta, porque el maquillaje era perfecto. Lo más probable era que se hubiera puesto colirio también, para iluminar un poco la pupila. Pero se percibía en el fondo de los ojos un poso de cansancio. Me dio lástima, la verdad.

Durante los siguientes días la observé con atención y comprendí que las cosas entre la chica y el hombre no iban mejor. Tenía mala cara, pese al maquillaje, y no llevaba el pelo tan arreglado como era habitual. Si yo fuese su padre, pensé, hablaría con el hombre ese que le daba tantos disgustos. Y le exigiría que utilizara su propio maletero.

No es raro que estas mujeres que salen en la tele acaben liadas con individuos malos, que se aprovechan de su fama. Por otra parte, hay gente que lleva los maleteros llenos de cadáveres. Recé para que la pobre no estuviera implicada en un crimen. En esto, me dio la impresión de que entre noticia y noticia la chica hacía con la boca un gesto como de pedir socorro.
Durante toda la semana me estuve fijando con detenimiento en cada una de sus expresiones y llegué a la conclusión de que pedía auxilio, sin ningún género de dudas. No sabía qué hacer. Podía llamar a la emisora de televisión, pero quizá tampoco me creyeran.

Esa tarde, me presenté en la misma esquina a la misma hora en que los había encontrado la vez anterior. Pensé que quizá la chica viviera por allí y tuviera la suerte de encontrármela. Esperé un cuarto de hora sin que apareciera nadie y, ya resignado, fui dando un paseo hasta el Vips para tomarme una botella de agua mineral. Me senté a la barra, encendí un cigarrillo y al darme la vuelta para echarle un ojo al panorama, los vi sentados a una mesa cercana. Ella llevaba gafas de sol, pese a la oscuridad reinante, lo que era signo evidente de que había vuelto a llorar. De súbito, sin embargo, soltó una carcajada. Algunos clientes se volvieron porque no se trataba de una carcajada normal. Quizá estaba intentando llamar la atención. Esperé un poco y al ver que ella se levantaba para ir al servicio me acerqué a la mesa y abordé al hombre: "Escúchame bien, porque no te lo voy a decir más que una vez, imbécil: si sigues haciendo sufrir a esa chica, vas a encontrarte con problemas. Conozco a mucha gente en la policía, quizá yo mismo sea policía. Y otra cosa: cuando tengas que esconder un muerto, hazlo en el maletero de tu propio coche".

Comprendí por su expresión que había dado en el clavo y salí a la calle antes de que ella volviera del servicio. Al día siguiente, vi el telediario con atención y me di cuenta de que la chica tenía una mirada especial, como si intentara darme las gracias.

Durante los siguientes días el protagonista se dedicó a …

    1) 

criticar el aspecto de la presentadora.

    2) 

seguir cada paso de la extraña pareja.

    3) 

buscar al padre de la chica de la tele.

    4) 

examinar el estado de ánimo de la presentadora.



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Прочитайте текст и выполните задания А15–А21. В каждом задании обведите цифру 123 или 4, соответствующую выбранному Вами варианту ответа.

En la esquina de López de Hoyos con Príncipe de Vergara había una pareja discutiendo. Ella lloraba y cuanto más lloraba ella, más agresivo se ponía él. Me acerqué con disimulo deteniéndome frente al escaparate de una tienda de muebles. Entonces la mujer dijo: "Pues si quieres, lo metemos en mi maletero".

No comprendí a qué se refería, pero la voz me sonó familiar y me di cuenta de que se trataba de la chica del telediario. Era un poco más delgada que en la pantalla y su voz tenía un registro agudo que en la televisión tampoco se advertía, pero no hay que olvidar que estaba excitada por el asunto del maletero. Entonces, él advirtió mi presencia y continuaron andando un poco más contenidos los dos.

Al día siguiente, cuando empezaron las noticias, me fijé en la chica y advertí que había llorado. Un espectador menos atento, o que no hubiera asistido a la pelea del día anterior, no se habría dado cuenta, porque el maquillaje era perfecto. Lo más probable era que se hubiera puesto colirio también, para iluminar un poco la pupila. Pero se percibía en el fondo de los ojos un poso de cansancio. Me dio lástima, la verdad.

Durante los siguientes días la observé con atención y comprendí que las cosas entre la chica y el hombre no iban mejor. Tenía mala cara, pese al maquillaje, y no llevaba el pelo tan arreglado como era habitual. Si yo fuese su padre, pensé, hablaría con el hombre ese que le daba tantos disgustos. Y le exigiría que utilizara su propio maletero.

No es raro que estas mujeres que salen en la tele acaben liadas con individuos malos, que se aprovechan de su fama. Por otra parte, hay gente que lleva los maleteros llenos de cadáveres. Recé para que la pobre no estuviera implicada en un crimen. En esto, me dio la impresión de que entre noticia y noticia la chica hacía con la boca un gesto como de pedir socorro.
Durante toda la semana me estuve fijando con detenimiento en cada una de sus expresiones y llegué a la conclusión de que pedía auxilio, sin ningún género de dudas. No sabía qué hacer. Podía llamar a la emisora de televisión, pero quizá tampoco me creyeran.

Esa tarde, me presenté en la misma esquina a la misma hora en que los había encontrado la vez anterior. Pensé que quizá la chica viviera por allí y tuviera la suerte de encontrármela. Esperé un cuarto de hora sin que apareciera nadie y, ya resignado, fui dando un paseo hasta el Vips para tomarme una botella de agua mineral. Me senté a la barra, encendí un cigarrillo y al darme la vuelta para echarle un ojo al panorama, los vi sentados a una mesa cercana. Ella llevaba gafas de sol, pese a la oscuridad reinante, lo que era signo evidente de que había vuelto a llorar. De súbito, sin embargo, soltó una carcajada. Algunos clientes se volvieron porque no se trataba de una carcajada normal. Quizá estaba intentando llamar la atención. Esperé un poco y al ver que ella se levantaba para ir al servicio me acerqué a la mesa y abordé al hombre: "Escúchame bien, porque no te lo voy a decir más que una vez, imbécil: si sigues haciendo sufrir a esa chica, vas a encontrarte con problemas. Conozco a mucha gente en la policía, quizá yo mismo sea policía. Y otra cosa: cuando tengas que esconder un muerto, hazlo en el maletero de tu propio coche".

Comprendí por su expresión que había dado en el clavo y salí a la calle antes de que ella volviera del servicio. Al día siguiente, vi el telediario con atención y me di cuenta de que la chica tenía una mirada especial, como si intentara darme las gracias.

Tras una semana de observaciones el protagonista supuso que la muchacha …

    1) 

coqueteaba con los hombres.

    2) 

escondía un cadáver.

    3) 

estaba en peligro.

    4) 

soñaba con ser famosa.

Прочитайте текст и выполните задания А15–А21. В каждом задании обведите цифру 123 или 4, соответствующую выбранному Вами варианту ответа.

En la esquina de López de Hoyos con Príncipe de Vergara había una pareja discutiendo. Ella lloraba y cuanto más lloraba ella, más agresivo se ponía él. Me acerqué con disimulo deteniéndome frente al escaparate de una tienda de muebles. Entonces la mujer dijo: "Pues si quieres, lo metemos en mi maletero".

No comprendí a qué se refería, pero la voz me sonó familiar y me di cuenta de que se trataba de la chica del telediario. Era un poco más delgada que en la pantalla y su voz tenía un registro agudo que en la televisión tampoco se advertía, pero no hay que olvidar que estaba excitada por el asunto del maletero. Entonces, él advirtió mi presencia y continuaron andando un poco más contenidos los dos.

Al día siguiente, cuando empezaron las noticias, me fijé en la chica y advertí que había llorado. Un espectador menos atento, o que no hubiera asistido a la pelea del día anterior, no se habría dado cuenta, porque el maquillaje era perfecto. Lo más probable era que se hubiera puesto colirio también, para iluminar un poco la pupila. Pero se percibía en el fondo de los ojos un poso de cansancio. Me dio lástima, la verdad.

Durante los siguientes días la observé con atención y comprendí que las cosas entre la chica y el hombre no iban mejor. Tenía mala cara, pese al maquillaje, y no llevaba el pelo tan arreglado como era habitual. Si yo fuese su padre, pensé, hablaría con el hombre ese que le daba tantos disgustos. Y le exigiría que utilizara su propio maletero.

No es raro que estas mujeres que salen en la tele acaben liadas con individuos malos, que se aprovechan de su fama. Por otra parte, hay gente que lleva los maleteros llenos de cadáveres. Recé para que la pobre no estuviera implicada en un crimen. En esto, me dio la impresión de que entre noticia y noticia la chica hacía con la boca un gesto como de pedir socorro.
Durante toda la semana me estuve fijando con detenimiento en cada una de sus expresiones y llegué a la conclusión de que pedía auxilio, sin ningún género de dudas. No sabía qué hacer. Podía llamar a la emisora de televisión, pero quizá tampoco me creyeran.

Esa tarde, me presenté en la misma esquina a la misma hora en que los había encontrado la vez anterior. Pensé que quizá la chica viviera por allí y tuviera la suerte de encontrármela. Esperé un cuarto de hora sin que apareciera nadie y, ya resignado, fui dando un paseo hasta el Vips para tomarme una botella de agua mineral. Me senté a la barra, encendí un cigarrillo y al darme la vuelta para echarle un ojo al panorama, los vi sentados a una mesa cercana. Ella llevaba gafas de sol, pese a la oscuridad reinante, lo que era signo evidente de que había vuelto a llorar. De súbito, sin embargo, soltó una carcajada. Algunos clientes se volvieron porque no se trataba de una carcajada normal. Quizá estaba intentando llamar la atención. Esperé un poco y al ver que ella se levantaba para ir al servicio me acerqué a la mesa y abordé al hombre: "Escúchame bien, porque no te lo voy a decir más que una vez, imbécil: si sigues haciendo sufrir a esa chica, vas a encontrarte con problemas. Conozco a mucha gente en la policía, quizá yo mismo sea policía. Y otra cosa: cuando tengas que esconder un muerto, hazlo en el maletero de tu propio coche".

Comprendí por su expresión que había dado en el clavo y salí a la calle antes de que ella volviera del servicio. Al día siguiente, vi el telediario con atención y me di cuenta de que la chica tenía una mirada especial, como si intentara darme las gracias.

 

El narrador fue a buscar a la chica de la tele para …

    1) 

prestarle ayuda.

    2) 

chantajearla.

    3) 

declarársele.

    4) 

implicarla en un crimen.




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En la esquina de López de Hoyos con Príncipe de Vergara había una pareja discutiendo. Ella lloraba y cuanto más lloraba ella, más agresivo se ponía él. Me acerqué con disimulo deteniéndome frente al escaparate de una tienda de muebles. Entonces la mujer dijo: "Pues si quieres, lo metemos en mi maletero".

No comprendí a qué se refería, pero la voz me sonó familiar y me di cuenta de que se trataba de la chica del telediario. Era un poco más delgada que en la pantalla y su voz tenía un registro agudo que en la televisión tampoco se advertía, pero no hay que olvidar que estaba excitada por el asunto del maletero. Entonces, él advirtió mi presencia y continuaron andando un poco más contenidos los dos.

Al día siguiente, cuando empezaron las noticias, me fijé en la chica y advertí que había llorado. Un espectador menos atento, o que no hubiera asistido a la pelea del día anterior, no se habría dado cuenta, porque el maquillaje era perfecto. Lo más probable era que se hubiera puesto colirio también, para iluminar un poco la pupila. Pero se percibía en el fondo de los ojos un poso de cansancio. Me dio lástima, la verdad.

Durante los siguientes días la observé con atención y comprendí que las cosas entre la chica y el hombre no iban mejor. Tenía mala cara, pese al maquillaje, y no llevaba el pelo tan arreglado como era habitual. Si yo fuese su padre, pensé, hablaría con el hombre ese que le daba tantos disgustos. Y le exigiría que utilizara su propio maletero.

No es raro que estas mujeres que salen en la tele acaben liadas con individuos malos, que se aprovechan de su fama. Por otra parte, hay gente que lleva los maleteros llenos de cadáveres. Recé para que la pobre no estuviera implicada en un crimen. En esto, me dio la impresión de que entre noticia y noticia la chica hacía con la boca un gesto como de pedir socorro.
Durante toda la semana me estuve fijando con detenimiento en cada una de sus expresiones y llegué a la conclusión de que pedía auxilio, sin ningún género de dudas. No sabía qué hacer. Podía llamar a la emisora de televisión, pero quizá tampoco me creyeran.

Esa tarde, me presenté en la misma esquina a la misma hora en que los había encontrado la vez anterior. Pensé que quizá la chica viviera por allí y tuviera la suerte de encontrármela. Esperé un cuarto de hora sin que apareciera nadie y, ya resignado, fui dando un paseo hasta el Vips para tomarme una botella de agua mineral. Me senté a la barra, encendí un cigarrillo y al darme la vuelta para echarle un ojo al panorama, los vi sentados a una mesa cercana. Ella llevaba gafas de sol, pese a la oscuridad reinante, lo que era signo evidente de que había vuelto a llorar. De súbito, sin embargo, soltó una carcajada. Algunos clientes se volvieron porque no se trataba de una carcajada normal. Quizá estaba intentando llamar la atención. Esperé un poco y al ver que ella se levantaba para ir al servicio me acerqué a la mesa y abordé al hombre: "Escúchame bien, porque no te lo voy a decir más que una vez, imbécil: si sigues haciendo sufrir a esa chica, vas a encontrarte con problemas. Conozco a mucha gente en la policía, quizá yo mismo sea policía. Y otra cosa: cuando tengas que esconder un muerto, hazlo en el maletero de tu propio coche".

Comprendí por su expresión que había dado en el clavo y salí a la calle antes de que ella volviera del servicio. Al día siguiente, vi el telediario con atención y me di cuenta de que la chica tenía una mirada especial, como si intentara darme las gracias.

 

El narrador exigió al hombre que …

    1) 

abriera el maletero de su coche.

    2) 

llamara a la policía.

    3) 

dejara en paz a la chica.

    4) 

resolviera los problemas de la chica.


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En la esquina de López de Hoyos con Príncipe de Vergara había una pareja discutiendo. Ella lloraba y cuanto más lloraba ella, más agresivo se ponía él. Me acerqué con disimulo deteniéndome frente al escaparate de una tienda de muebles. Entonces la mujer dijo: "Pues si quieres, lo metemos en mi maletero".

No comprendí a qué se refería, pero la voz me sonó familiar y me di cuenta de que se trataba de la chica del telediario. Era un poco más delgada que en la pantalla y su voz tenía un registro agudo que en la televisión tampoco se advertía, pero no hay que olvidar que estaba excitada por el asunto del maletero. Entonces, él advirtió mi presencia y continuaron andando un poco más contenidos los dos.

Al día siguiente, cuando empezaron las noticias, me fijé en la chica y advertí que había llorado. Un espectador menos atento, o que no hubiera asistido a la pelea del día anterior, no se habría dado cuenta, porque el maquillaje era perfecto. Lo más probable era que se hubiera puesto colirio también, para iluminar un poco la pupila. Pero se percibía en el fondo de los ojos un poso de cansancio. Me dio lástima, la verdad.

Durante los siguientes días la observé con atención y comprendí que las cosas entre la chica y el hombre no iban mejor. Tenía mala cara, pese al maquillaje, y no llevaba el pelo tan arreglado como era habitual. Si yo fuese su padre, pensé, hablaría con el hombre ese que le daba tantos disgustos. Y le exigiría que utilizara su propio maletero.

No es raro que estas mujeres que salen en la tele acaben liadas con individuos malos, que se aprovechan de su fama. Por otra parte, hay gente que lleva los maleteros llenos de cadáveres. Recé para que la pobre no estuviera implicada en un crimen. En esto, me dio la impresión de que entre noticia y noticia la chica hacía con la boca un gesto como de pedir socorro.
Durante toda la semana me estuve fijando con detenimiento en cada una de sus expresiones y llegué a la conclusión de que pedía auxilio, sin ningún género de dudas. No sabía qué hacer. Podía llamar a la emisora de televisión, pero quizá tampoco me creyeran.

Esa tarde, me presenté en la misma esquina a la misma hora en que los había encontrado la vez anterior. Pensé que quizá la chica viviera por allí y tuviera la suerte de encontrármela. Esperé un cuarto de hora sin que apareciera nadie y, ya resignado, fui dando un paseo hasta el Vips para tomarme una botella de agua mineral. Me senté a la barra, encendí un cigarrillo y al darme la vuelta para echarle un ojo al panorama, los vi sentados a una mesa cercana. Ella llevaba gafas de sol, pese a la oscuridad reinante, lo que era signo evidente de que había vuelto a llorar. De súbito, sin embargo, soltó una carcajada. Algunos clientes se volvieron porque no se trataba de una carcajada normal. Quizá estaba intentando llamar la atención. Esperé un poco y al ver que ella se levantaba para ir al servicio me acerqué a la mesa y abordé al hombre: "Escúchame bien, porque no te lo voy a decir más que una vez, imbécil: si sigues haciendo sufrir a esa chica, vas a encontrarte con problemas. Conozco a mucha gente en la policía, quizá yo mismo sea policía. Y otra cosa: cuando tengas que esconder un muerto, hazlo en el maletero de tu propio coche".

Comprendí por su expresión que había dado en el clavo y salí a la calle antes de que ella volviera del servicio. Al día siguiente, vi el telediario con atención y me di cuenta de que la chica tenía una mirada especial, como si intentara darme las gracias.

 

La expresión "dar en el clavo" en el último párrafo quiere decir …

    1) 

salvarse.

    2) 

acertar.

    3) 

equivocarse.

    4) 

fracasar.


Установите соответствие между заголовками 1–8 и текстами A–G. Занесите свои ответы в таблицу. Используйте каждую цифрутолько один раз. В задании один заголовок лишний.

1. 

Modificación de dieta

2. 

Orígenes de una empresa global

3. 

Energéticos para la salud

4. 

Promoción divertida

   
5. 

Costumbre de comer fuera

6. 

Plato típico peruano

7. 

Pequeños cocineros

8. 

Creado por necesidad

A. 

Los alimentos son el combustible del cuerpo, por eso hay que elegirlos formando una dieta equilibrada  y  apropiada para el ritmo de vida de cada uno. Si lo que se quiere es estar en forma haciendo ejercicio, es bueno conocer cuáles son esos alimentos que proporcionan más energía. Los seis más valiosos para un aporte extra de vitalidad son avena, almendras, chocolate, lentejas, plátanos y agua.

 

B. 

El exquisito ají de gallina es de origen limeño, surgió hacia el año 1900, producto de la creatividad e ingenio, como plato de entrada. Se servía sobre papas cortadas en dos. Con el tiempo se convirtió en plato principal, sirviéndose acompañado de una guarnición de arroz blanco. Se le llama ají de gallina, porque con gallina se hacía ya hace mucho; actualmente este plato suele prepararse con pollo, también se acostumbra a prepararse con pecanas, o almendras, o ajonjolí.

   

C. 

Según un estudio realizado por el Ayuntamiento, en Madrid hay un local  por cada 235 habitantes. El estudio indica que la mayoría de la gente come en su lugar de trabajo o en los restaurantes. Los que más comen fuera son los agentes comerciales, los representantes y los directores, los que menos, los parados.  El estudio señala que en los bares entra un 16% más de hombres que de mujeres. 

 

D. 

Fanta, esa bebida conocida tiene su origen en la Alemania de 1941, en la Segunda Guerra Mundial. El bloqueo provocó que Coca-Cola no pudiera recibir el sirope necesario para su famoso refresco. Los directivos de la empresa recurrieron a su ingenio para inventar un nuevo producto. Fabricaron una bebida basada en zumos de fruta y eligieron la naranja para darle sabor. La empresa organizó un concurso y le dieron un nombre exitoso – “Fanta”,  acortado de “Fantasía”.

 

E. 

En primavera es importante el cambio de lo que comemos. Comienza la temporada de ensaladas y, por supuesto, de frutas. En muchas zonas de España se consume el gazpacho. Recordemos las recomendaciones de una buena dieta: comer frutas y verduras; cereales y legumbres, preferiblemente frescos y poco procesados; comer menos carne (la carne en el plato debería ser la guarnición y no al revés); y reducir el consumo de grasas, de la sal y de alcohol.

 

F. 

Cuando en 1940 los hermanos Dick y Mac abrieron el primer restaurante McDonald's en California, jamás se imaginaron el éxito que tendría aquel pequeño restaurante de carretera. 15 años después Ray Kroc, un empresario y vendedor de máquinas para elaborar batidos, se dio cuenta de las posibilidades del establecimiento, caracterizado por una inusual limpieza y rapidez en el servicio. Ahora está presente en 119 países y cuenta con 33000 restaurantes.

 

G. 

Para realizar su ingeniosa acción Scotch-Brite, la marca líder en ventas de esponjas, llegó a acuerdos con varios restaurantes de Sao Paulo frecuentados por jóvenes. Cuando los grupos de amigos pedían la cuenta, el camarero les dejaba una esponja con una sorprendente invitación: "¿No quieres pagar la cuenta? Lava los platos". La oferta era tan atractiva que muchos comensales aceptaron dedicarle un rato a la limpieza de la vajilla para ahorrarse el dinero.

 


Прочитайте текст и заполните пропуски A–F частями предложений, обозначенными цифрами 1–7Одна из частей в списке 1–7 лишняя. Занесите цифры, обозначающие соответствующие части предложений, в таблицу.

El Diá del Libro

La Unesco escogió el 23 de abril porque ese día del año 1616 fallecieron dos de los A__________ de la literatura. Además, en esa misma fecha, nacieron o fallecieron otros escritores tan importantes como Garcilaso de la Vega, Mauricio Druon, Vladimir Nabokov y Josep Pla, entre otros. Con esta iniciativa, aprobada en 1995, la Unesco ha querido poner B__________ y de la industria editorial.

Este proyecto se impulsó desde Cataluña, donde el 23 de abril, el día de San Jordi, era ya una fiesta literaria muy importante. En España, especialmente en la capital de Cataluña, se celebra C__________ del libro. Las famosas Ramblas de Barcelona se llenan de puestos de libros donde los autores firman sus obras y la gente puede comprarlas con descuentos. Además, la tradición dice que los D __________ y éstas regalan un libro a los hombres.

Esta bonita tradición se basa en la leyenda de San Jorge o Sant Jordi, como se dice en catalán, una de las lenguas oficiales de España. La leyenda cuenta que un feroz dragón tenía aterrorizados a los habitantes del reino, quemaba los bosques, se comía al ganado, destrozaba los cultivos ... Se decidió entonces que había que dar fin a esa ansia destructora y negociaron un acuerdo tras duras horas de discusión. El pacto consistía en que todos losE__________ para saciar el apetito del monstruo. Así estuvieron un tiempo y poco a poco el reino se fue quedando sin mujeres jóvenes. Para que no hubiera problemas ni altercados, siempre se hacía la elección mediante un sorteo para elegir F__________.

Por otro lado, desde 2001 la Unesco elige una ciudad como capital mundial del libro.

 

  
1. 

de relieve la importancia de la lectura

2. 

más grandes escritores de la historia universal

3. 

hombres huyeron de la ciudad

4. 

días entregarían al dragón una joven

5. 

a la mujer que debía ser entregada

6. 

hombres regalan rosas a las mujeres

7. 

de una forma muy especial el día

 

Прочитайте текст и выполните задания А15 – А21. В каждом задании укажите номер выбранного Вами варианта ответа.

Él trabajó durante toda su vida en una ferretería del centro. A las ocho y media de la mañana llegaba a la parada del autobús y tomaba el primero, que no tardaba más de diez minutos. Ella trabajó también durante toda su vida en una mercería. Solía coger el autobús tres paradas después de la de él y se bajaba una antes. Debían salir a horas diferentes, pues por las tardes nunca coincidían.

Jamás se hablaron. Si había asientos libres, se sentaban de manera que cada uno pudiera ver al otro. Cuando el autobús iba lleno, se ponían en la parte de atrás, contemplando la calle y sintiendo cada uno de ellos la cercana presencia del otro.

Cogían las vacaciones el mismo mes, agosto, de manera que los primeros días de septiembre se miraban con más intensidad que el resto del año. Él solía regresar más moreno que ella, que tenía la piel muy blanca y seguramente algo delicada. Ninguno de ellos llegó a saber jamás cómo era la vida del otro: si estaba casado, si tenía hijos, si era feliz.

A lo largo de todos aquellos años se fueron lanzando mensajes no verbales sobre los que se podía especular ampliamente. Ella, por ejemplo, cogió la costumbre de llevar en el bolso una novela que a veces leía o fingía leer. A él le pareció eso un síntoma de sensibilidad al que respondió comprándose todos los días el periódico. Lo llevaba abierto por las páginas de internacional, como para sugerir que era un hombre informado y preocupado por los problemas del mundo. Si alguna vez, por la razón que fuera, ella faltaba a esa cita no acordada, él perdía el interés por todo y abandonaba el periódico en un asiento del autobús sin haberlo leído.

Así, durante una temporada en que ella estuvo enferma, él adelgazó varios kilos y descuidó su aseo personal hasta que le llamaron la atención en la ferretería: alguien que trabajaba con el público tenía la obligación de afeitarse a diario. Cuando al fin regresó, los dos parecían unos resucitados: ella, porque había sido operada a vida o muerte; él, porque había enfermado de amor y melancolía. Pero, a los pocos días de volver a verse, ambos ganaron peso y comenzaron a asearse para el otro con el cuidado de antes.

Pasaron otoños, primaveras, inviernos. A veces llovía y el viento aplastaba las gotas de lluvia contra los cristales del autobús, difuminando el paisaje urbano. Entonces, él imaginaba que el autobús era la casa de los dos. Había hecho unas divisiones imaginarias para colocar la cocina, el dormitorio de ellos, el cuarto de baño. E imaginaba una vida feliz: ellos vivían en el autobús, que no paraba de dar vueltas alrededor de la ciudad, y la lluvia o la niebla los protegía de las miradas de los de afuera.

Así fueron haciéndose mayores, envejeciendo sin dejar de mirarse. Y cuanto más mayores eran, más se amaban; y cuanto más se amaban más dificultades tenían para acercarse el uno al otro. Y un día a él le dijeron que tenía que jubilarse y no lo entendió, pero de todas formas le hicieron los papeles y le rogaron que no volviera por la ferretería. Durante algún tiempo, siguió tomando el autobús a la hora de siempre, hasta que llegó al punto de no poder justificar frente a su mujer esas raras salidas. De todos modos, a los pocos meses también ella se jubiló y el autobús dejó de ser su casa.

Ambos fueron languideciéndose por separado. El murió a los tres años de jubilarse y ella murió unos meses después. Casualmente fueron enterrados en dos nichos contiguos, donde seguramente cada uno siente la cercanía del otro y sueñan que el paraíso es un autobús sin paradas.

 

¿Qué era lo que unía a los protagonistas del texto?

    1) 

Eran compañeros de trabajo.

    2) 

Usaban el mismo medio de transporte.

    3) 

Esperaban el autobús en la misma parada.

    4) 

Pasaban las vacaciones juntos.


Прочитайте текст и выполните задания А15 – А21. В каждом задании укажите номер выбранного Вами варианта ответа.

Él trabajó durante toda su vida en una ferretería del centro. A las ocho y media de la mañana llegaba a la parada del autobús y tomaba el primero, que no tardaba más de diez minutos. Ella trabajó también durante toda su vida en una mercería. Solía coger el autobús tres paradas después de la de él y se bajaba una antes. Debían salir a horas diferentes, pues por las tardes nunca coincidían.

Jamás se hablaron. Si había asientos libres, se sentaban de manera que cada uno pudiera ver al otro. Cuando el autobús iba lleno, se ponían en la parte de atrás, contemplando la calle y sintiendo cada uno de ellos la cercana presencia del otro.

Cogían las vacaciones el mismo mes, agosto, de manera que los primeros días de septiembre se miraban con más intensidad que el resto del año. Él solía regresar más moreno que ella, que tenía la piel muy blanca y seguramente algo delicada. Ninguno de ellos llegó a saber jamás cómo era la vida del otro: si estaba casado, si tenía hijos, si era feliz.

A lo largo de todos aquellos años se fueron lanzando mensajes no verbales sobre los que se podía especular ampliamente. Ella, por ejemplo, cogió la costumbre de llevar en el bolso una novela que a veces leía o fingía leer. A él le pareció eso un síntoma de sensibilidad al que respondió comprándose todos los días el periódico. Lo llevaba abierto por las páginas de internacional, como para sugerir que era un hombre informado y preocupado por los problemas del mundo. Si alguna vez, por la razón que fuera, ella faltaba a esa cita no acordada, él perdía el interés por todo y abandonaba el periódico en un asiento del autobús sin haberlo leído.

Así, durante una temporada en que ella estuvo enferma, él adelgazó varios kilos y descuidó su aseo personal hasta que le llamaron la atención en la ferretería: alguien que trabajaba con el público tenía la obligación de afeitarse a diario. Cuando al fin regresó, los dos parecían unos resucitados: ella, porque había sido operada a vida o muerte; él, porque había enfermado de amor y melancolía. Pero, a los pocos días de volver a verse, ambos ganaron peso y comenzaron a asearse para el otro con el cuidado de antes.

Pasaron otoños, primaveras, inviernos. A veces llovía y el viento aplastaba las gotas de lluvia contra los cristales del autobús, difuminando el paisaje urbano. Entonces, él imaginaba que el autobús era la casa de los dos. Había hecho unas divisiones imaginarias para colocar la cocina, el dormitorio de ellos, el cuarto de baño. E imaginaba una vida feliz: ellos vivían en el autobús, que no paraba de dar vueltas alrededor de la ciudad, y la lluvia o la niebla los protegía de las miradas de los de afuera.

Así fueron haciéndose mayores, envejeciendo sin dejar de mirarse. Y cuanto más mayores eran, más se amaban; y cuanto más se amaban más dificultades tenían para acercarse el uno al otro. Y un día a él le dijeron que tenía que jubilarse y no lo entendió, pero de todas formas le hicieron los papeles y le rogaron que no volviera por la ferretería. Durante algún tiempo, siguió tomando el autobús a la hora de siempre, hasta que llegó al punto de no poder justificar frente a su mujer esas raras salidas. De todos modos, a los pocos meses también ella se jubiló y el autobús dejó de ser su casa.

Ambos fueron languideciéndose por separado. El murió a los tres años de jubilarse y ella murió unos meses después. Casualmente fueron enterrados en dos nichos contiguos, donde seguramente cada uno siente la cercanía del otro y sueñan que el paraíso es un autobús sin paradas.

 

¿Cómo se portaban los protagonistas estando juntos en el autobús?

    1) 

Callaban.

    2) 

Hablaban de la vida.

    3) 

Escribían notas uno al otro.

    4) 

Pensaban en su trabajo.


Прочитайте текст и выполните задания А15 – А21. В каждом задании укажите номер выбранного Вами варианта ответа.

Él trabajó durante toda su vida en una ferretería del centro. A las ocho y media de la mañana llegaba a la parada del autobús y tomaba el primero, que no tardaba más de diez minutos. Ella trabajó también durante toda su vida en una mercería. Solía coger el autobús tres paradas después de la de él y se bajaba una antes. Debían salir a horas diferentes, pues por las tardes nunca coincidían.

Jamás se hablaron. Si había asientos libres, se sentaban de manera que cada uno pudiera ver al otro. Cuando el autobús iba lleno, se ponían en la parte de atrás, contemplando la calle y sintiendo cada uno de ellos la cercana presencia del otro.

Cogían las vacaciones el mismo mes, agosto, de manera que los primeros días de septiembre se miraban con más intensidad que el resto del año. Él solía regresar más moreno que ella, que tenía la piel muy blanca y seguramente algo delicada. Ninguno de ellos llegó a saber jamás cómo era la vida del otro: si estaba casado, si tenía hijos, si era feliz.

A lo largo de todos aquellos años se fueron lanzando mensajes no verbales sobre los que se podía especular ampliamente. Ella, por ejemplo, cogió la costumbre de llevar en el bolso una novela que a veces leía o fingía leer. A él le pareció eso un síntoma de sensibilidad al que respondió comprándose todos los días el periódico. Lo llevaba abierto por las páginas de internacional, como para sugerir que era un hombre informado y preocupado por los problemas del mundo. Si alguna vez, por la razón que fuera, ella faltaba a esa cita no acordada, él perdía el interés por todo y abandonaba el periódico en un asiento del autobús sin haberlo leído.

Así, durante una temporada en que ella estuvo enferma, él adelgazó varios kilos y descuidó su aseo personal hasta que le llamaron la atención en la ferretería: alguien que trabajaba con el público tenía la obligación de afeitarse a diario. Cuando al fin regresó, los dos parecían unos resucitados: ella, porque había sido operada a vida o muerte; él, porque había enfermado de amor y melancolía. Pero, a los pocos días de volver a verse, ambos ganaron peso y comenzaron a asearse para el otro con el cuidado de antes.

Pasaron otoños, primaveras, inviernos. A veces llovía y el viento aplastaba las gotas de lluvia contra los cristales del autobús, difuminando el paisaje urbano. Entonces, él imaginaba que el autobús era la casa de los dos. Había hecho unas divisiones imaginarias para colocar la cocina, el dormitorio de ellos, el cuarto de baño. E imaginaba una vida feliz: ellos vivían en el autobús, que no paraba de dar vueltas alrededor de la ciudad, y la lluvia o la niebla los protegía de las miradas de los de afuera.

Así fueron haciéndose mayores, envejeciendo sin dejar de mirarse. Y cuanto más mayores eran, más se amaban; y cuanto más se amaban más dificultades tenían para acercarse el uno al otro. Y un día a él le dijeron que tenía que jubilarse y no lo entendió, pero de todas formas le hicieron los papeles y le rogaron que no volviera por la ferretería. Durante algún tiempo, siguió tomando el autobús a la hora de siempre, hasta que llegó al punto de no poder justificar frente a su mujer esas raras salidas. De todos modos, a los pocos meses también ella se jubiló y el autobús dejó de ser su casa.

Ambos fueron languideciéndose por separado. El murió a los tres años de jubilarse y ella murió unos meses después. Casualmente fueron enterrados en dos nichos contiguos, donde seguramente cada uno siente la cercanía del otro y sueñan que el paraíso es un autobús sin paradas.

 

Según el autor, el hombre siempre llevaba un periódico para …

    1) 

estar al tanto de los acontecimientos políticos.

    2) 

entretenerse durante su viaje al trabajo.

    3) 

no ceder el asiento a nadie.

    4) 

dar de ese modo una señal secreta a la mujer.

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